Según Le Monde: “Marine Le Pen da la impresión de que su objetivo principal no es ganar el debate contra Macron”

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Sociólogo venezolano cuestiona la “solidaridad incondicional” de la izquierda latinoamericana con el chavismo

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Entrevista Edgardo Lander Natalia Uval La Diaria     Edgardo Lander no es sólo un académico, profesor titular de la Universidad Central de Venezuela e investigador asociado del Transnational Institute. Es una persona vinculada desde hace años a los movimientos … Sigue leyendo

Comunicación. Noticias parapoliciales: periodismo y represión

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Por Esteban Rodríguez Alzueta*, La Tecl@ Eñe)/Resumen Latinoamericano/  11 abril 2017.- El periodismo contemporáneo no sólo testea a los candidatos, instala los temas de la agenda y fogonea malentendidos sociales, sino  que aporta los incentivos morales que necesita la policía para pegar sin … Sigue leyendo

El existencialista cínico

Según fuentes acreditadas e independientes, el último consejo de ministros presidido por Franco dio luz verde al nacimiento del rotativo El País. El dictador dejaba el futuro político bien atado para que sus huestes ideológicas por todos los flancos posibles lidiaran con ventaja el camino hacia la transición democrática.

Y el apocalíptico Fraga nombró director a Juan Luis Cebrián, alguien, por entonces, casi desconocido públicamente pero que con el correr de los años se convirtió en semidiós heroico de la democracia vigilada en España, funcionario de facto del régimen, periodista de altos vuelos y empresario de éxito internacional hoy en día.

Ahora está en plena promoción del primer tomo de sus memorias y concede entrevistas a diestra y siniestra. La última en El Mundo, la cabecera enemiga por antonomasia del grupo PRISA. Al fin y al cabo, El País y su cordial adversario son hijos de la misma entraña putativa, repartirse el negocio de la opinión pública a partes más o menos iguales.

Resulta evidente que Cebrián lo sabe casi todo de los entresijos de la moqueta que pisan las elites españolas, incluso de muchas sudamericanas. Si él hablara de verdad, muchos secretos y conspiraciones pondrían en la lona a bastantes próceres habidos y por haber del escenario político y financiero.

Su versatilidad no admite parangón alguno: se ha dejado querer por todos, Fraga, Suárez, González, Aznar y Zapatero y a todos les ha zurrado de lo lindo cuando los intereses del grupo PRISA se han sentido mínimamente aludidos o perjudicados en su millonaria susceptibilidad e influencia política. Es la figura prototípica del cortesano moderno, culto, pragmático, de verbo de seda y puño de hierro.

Y cínico donde los haya. En una entrevista reciente con Jordi Évole para su programa Salvados de La Sexta dijo sin inmutarse un pelo de su barba que no recordaba “haber ganado 13 millones de euros en un año” durante los primeros escarceos de la crisis actual y cuando asomaban la patita del miedo por el horizonte varios ERE en su grupo mediático para despedir a muchos trabajadores de diferentes empresas. La declaración tiene su miga y retrata perfectamente al personaje.

Un personaje, por otra parte, protagonista entre bambalinas de modelar una izquierda en España alrededor del PSOE y de su amigo del alma Felipe González tibia con el orden establecido y sumisa a los poderes financieros. Esa izquierda monárquica tenía que fulminar, a través de El País principalmente, todo vestigio de acción transformadora y rupturista con el régimen fascista de Franco, restando apoyos electorales y sociales al PCE y CC.OO. El trabajo fue realizado con precisión desde el comienzo del relato juancarlista y el peligro comunista cercenado de cuajo.

De familia noble franquista, no tanto como la de Aznar en sus propias palabras, y director de informativos de TVE cuando el carnicerito de Málaga Arias Navarro (ese que nos dio la noticia entre lágrimas de españoles, franco ha muerto) era presidente del Gobierno, Cebrián se guarece en el existencialismo de contar lo que ha vivido y sentido en propias carnes para justificar sus veleidades pragmáticas y cínicas en intenso su quehacer empresarial, mediático y político. No nos cabe duda alguna de que merece el título honorífico de el existencialista cínico. Cebrián dixit: “lo importante es contar las cosas como uno las vivió. Probablemente en ese relato aparezcan, como en el diván del psicoanalista, esfuerzos o intenciones que uno no percibe.” Genial y críptico a la vez. Hay cosas que las hizo y no sabe por qué: muchas de ellas se quedarán en la telaraña de sus prejuicios oníricos y batallas internas del subconsciente. Hermosa y sofisticada finta para salirse por peteneras.

En la entrevista con El Mundo deja otras perlas de rutilante belleza discursiva. La primera cuando se define como liberal progresista, una tierra de nadie donde se refugian izquierdistas de salón o la gauche divine de la posmodernidad globalizadota. No obstante, Cebrián matiza con un manierismo de tufo maquiavélico: “Yo me defino así… quizá para no definirme.” Estamos ante un esgrimista de estilo y fina cintura donde los haya.

Su revisionismo histórico acerca del franquismo y la memoria histórica merece atención especial. Y eso que en varios momentos de la entrevista asegura no ser sectario. Sin embargo, el plumero conciliador de los vencedores de la cruzada del generalísimo afloran sublimados por mor de sus contradicciones freudianas. Y es que el existencialismo es así: la libertad nos obliga a elegir constantemente. Por bemoles vitales o por cinismo laico. La alternativa de decir no es inexistente. Así, Cebrián afirma que “El franquismo fue a la sociedad española como el narcotráfico a las sociedades latinoamericanas: lo impregnó todo. Duró 40 años. Franco murió en la cama. Y no hubo una alternativa social organizada.” ¿Y el PCE, CC.OO., los maquis y las cárceles a rebosar de comunistas y anarquistas? ¿Y los 150.000 asesinados por la dictadura?

Es curioso en esta comparación psicodélica entre narcotráfico y fascismo que a Cebrián le parezcan democracias plenas Méjico y otros países envenenados hasta la médula por el negocio de la droga que compra y vicia todos los estamentos políticos de las naciones aludidas.

Tampoco es afortunado rebajar la dictadura de Franco a un mero problema de índole social o enfermiza. De este modo desinfla y maquilla la responsabilidad política y penal de lesa humanidad de los franquistas de antaño y de sus vástagos ideológicos instalados en el PP todavía. Pero ahí no se para su pulsión revisionista. Abunda también en la idea de que “quería explicar algo que la izquierda actual no entiende sobre el franquismo. Y es que no fue una junta militar, sino la mitad de España. La España profunda”. Toma tomate. La España rural y profunda tiró para Franco y la España progresista y urbana para la República. El reduccionismo intelectual clama al cielo.

Cebrián, en su afán didáctico y explicativo en tono profesoral de cura frustrado, elude la complejidad: Franco se alzó contra la voluntad popular avalada mayoritariamente en las urnas y lo hizo a cañonazos de forma alevosa. ¿No fueron militares los que dieron el golpe sangriento apoyados por Hitler y Mussolini? ¿Qué quiere decir Cebrián? ¿Qué Pinochet y Videla eran más monstruos que Franco? La ONU confirma que tras Camboya, España es el país que cuenta con más personas en paradero desaparecido (republicanas en la cuneta del olvido) provocadas por una guerra civil, ¡114.000! Ese elocuente dato debiera bastar para refutar las tesis dulzonas y aviesamente equidistantes y conciliadoras de don Juan Luis Cebrián.

En su propósito de enterrar bajo siete llaves cualquier interpretación rigurosa de la guerra civil suelta una sentencia lapidaria para redondear su peculiar punto de vista sobre el conflicto entre las dos españas machadianas: “La Ley de la Memoria Histórica, lejos de recuperar la memoria lo que ha hecho es generar más conflictos y problemas.” Esto es, traducido a román paladino, que se callen los biznietos, los nietos y los hijos de las víctimas de la represión franquista. Y cuando todos ellos hayan fallecido, entonces sí, recuperemos la memoria con la fanfarria y los honores pertinentes. El franquista residual que lleva dentro Cebrián traiciona al hombre de negocios posmoderno de terna liberal progresista. Cosas de los anhelos reprimidos que regresan cuando uno menos se lo espera.

Otro tema relevante comentado por el consejero áulico de PRISA se refiere a Cataluña. Su receta es doble y contundente: Guardia Civil y suspensión de la autonomía catalana si Puigdemont convocase un referendo unilateralmente. “El artículo 155. Suspendes el Gobierno de la Generalitat. Al presidente de la Generalitat. A la presidenta del Parlament. A uno, dos, tres cargos públicos. A los que hayan convocado el referéndum. Acabados. Ocupas tú el poder.” ¿Y si hubiere respuesta ciudadana democrática? “La Guardia Civil está para lo que tenga que estar.” Expeditivo Cebrián, pero también hipócrita. Mano dura y mano ancha conviven en su cerebro como una bella paradoja de imposibles bien avenidos. Lean: “Sí, me llamó Paco Fernández Ordóñez (antiguo ministro de Asuntos Exteriores, Justicia y Hacienda en los gabinetes de Felipe González) y me dijo que Pujol estaba inquieto por la posición de El País sobre Banca Catalana. Me invitó a comer y aparecieron cinco representantes de Pujol. Se me pidió que dejara de publicar las informaciones y así lo hice. En el libro reconozco que fue un crimen de leso-periodismo.” Besar el culo al poder no está bien Juan Luis Cebrián, pero como de joven iba a escuchar misa al Valle de los Caídos, aún recordaba que arrepentirse cristianamente de los propios pecados deja la conciencia más limpia que un jaspe. Fácil a la vez que efectivo: así da gusto.

Siguiendo en tierras catalanas, a Cebrián se le escapa un pensamiento con ínfulas casi filosóficas. Se pone empático, soñador y metafísico. Da la sensación de entrar en trance rememorando el tripartido entre PSC, ERC e IU. “Aquella idea romántica de Montilla (ex presidente de la Generalitat) de que alguna vez podremos gobernar los de abajo frente a la derecha corrupta…” ¡Dice podremos! Tal cual. Aunque del trance izquierdista sale en un santiamén como un resorte de furibundo neoliberalismo: “Todos los populismos, sean de derechas o de izquierdas, generan odio. Trump, Le Pen, Podemos…” ¡Ay la cruda realidad! Todos los políticos son iguales para Cebrián, de quita y pon: a un lado, en una masa heterogénea y maloliente, Hitler, Stalin y… Pablo Iglesias, y en la vertiente buena, Rajoy, Blair, González, Merkel y Aznar. El tercer hombre de la foto de las Azores, solo un poquito eh.

Y es que con José María Aznar tuvo sus más y sus menos. Primero fue invitado de excepción a veladas VIPS con el matrimonio Aznar-Botella. Más tarde, cuando a finales de los años 90 del siglo XX se inició la encarnizada guerra audiovisual por los derechos de retransmisión de los partidos de fútbol, PRISA y el PP de Aznar rompieron peras. El bocado era suculento.

Por un lado PRISA-Sogecable, Antena 3 y TV3 (el nacionalismo burgués pujolista) y la parte opuesta una coalición integrada por RTVE, Telefónica, El Mundo, Televisa, la cadena COPE y ABC. Hubo bastonazos a mansalva, pero al final las aguas volvieron a su cauce. PRISA es mucho PRISA. No obstante, la animadversión entre Aznar y Cebrián todavía colea en ambos corazones.

El pragmatismo de Cebrián supera cualquier prueba. Incluso el grupo PRISA tuvo que aceptar el maná del populista de derechas Silvio Berlusconi para salir a flote en momentos cruciales de sus recientes crisis empresariales. Al populismo del dinero financiero, Cebrián no le hace ascos.

Un personaje como Juan Luis Cebrián dice mucho sobre la adulteración de la democracia española. El País, a través de su imagen progresista fue un eslabón imprescindible para el aparato franquista que deseaba una España de retoques que no exigiera responsabilidades a los principales prebostes del régimen fascista. Con el impulso de PRISA, la izquierda se transformó en una alternativa moderada para completar la jugada maestra de la transición. Lo que sale a flote del subconsciente de Cebrián indica el enorme poder político e ideológico de los más señeros mass media, aquellos que conforman la opinión pública sin poner en cuestión los intereses de las elites.

Cebrián ha cumplido con creces el tácito encargo original de Fraga: domesticar la izquierda y homologar una España desigual, occidentalizada y capitalista. Podría haber sido peor. Pero, tal vez, también mejor.

https://www.rebelion.org/noticia.php?id=223196

La guerra por otros medios

Clausewitz, un notable militar e historiador prusiano fue dijo que la guerra es la continuación de la política por otros medios; lo que permite hacer esta inferencia: la política es la guerra por otros medios…

Pues bien, eso es lo que parece que viene ocurriendo en Es­paña ya desde hace mucho, pero más acusada de un tiempo a esta parte. Como no se han cicatrizado las profundas heridas que dejó la guerra civil (agravadas, aunque ocultas entre el suda­rio en el que fueron envueltas por la dictadura), y ni han hecho nada en esa dirección los llamados a procurarlo, la gue­rra por otros medios empieza a librarse en este país por los políti­cos y periodistas que representan a los bandos de vencedo­res y vencidos en aquella guerra  que no fue precisa­mente una  metáfora.

ABC, La Razón, El Mundo y El País, monárquicos, parásitos, bravucones, chulos y fascistas, por un lado, gente de bien y honesta, por el otro, comparecen de nuevo ante la Historia para volver a protagonizar más de lo mismo puesto que los pueblos que desconocen u olvidan su historia están condenados a repe­tirla. Es decir, aquí tenemos de nuevo otra guerra civil. En esta ocasión y por fortuna, no una guerra abierta armada… todavía, sino una guerra vivida en el escenario de un parlamento que en el corto espacio de tiempo histórico que viene funcionando co­mo tal, siempre ha resultado grotesco y testigo mucho más de vulgaridad, de socarronería, de fullería y de cazurrería que de lu­gar de encuentro de personajes dotados de oratoria, de elocuen­cia o de altura de miras…

Ya digo, la guerra en esta ocasión no ha hecho más que empe­zar. Y es que esta democracia de pacotilla está viciada desde su nacimiento. Ya su gestación estuvo cocinada mucho antes por los designios de un caudillo que promulgó en vida una Ley de Sucesión -la suya- y confeccionó al efecto a un individuo a su medida. Luego llegó el parto distócico; es decir, un alumbra­miento con fórceps del que fue comadrona un ministro de los mi­nisterios principales del sátrapa, quien, como albacea suyo que fue, eligió a unos llamados “padres de la patria” para que bajo su batuta redactasen una Constitución miserable que confi­gurase ranciamente el llamado reino de España; Constitu­ción que obligó a aprobar a la ciudadanía en un aparatoso re­feréndum. Y digo que le obligó, porque la ciudadanía de aquel entonces no vio otra alternativa al sentir sobre sus nucas el frío de los cañones de fusil de un ejército más radical si cabe que el propio dictador en su declive y se apresuró a sancionar con su voto el bodrio constitucional para espantar la amenaza de un nuevo golpe militar. Un golpe que posteriormente, en 1981, se escenificó como ensayo con el objetivo de robustecer la ende­ble figura de un monarca que pasará a la historia como otro más de los reyes lamentables de tan lamentable dinastía.

En efecto, la guerra no ha hecho más que empezar. Sólo nos queda prestar atención para ver en qué queda y a dónde se di­rige este país.

Después de un periodo de histórico jolgorio económico, de in­yecciones de dinero europeo en forma de fondos de cohesión, de gasto, de despilfarro y de entrampamiento nacional que abarcó aproximadamente los primeros veinte años de esta paro­dia de democracia, nos encontramos encallados en una situa­ción controlada nuevamente por los descendientes de los ganado­res de la guerra civil, a los que se les ha unido una ca­terva de políticos viejos que ya habían renegado y renunciado al socialismo genuino. Pues bien, aquellos, es decir, los herede­ros de los ganadores, apoyados por estos, por los beneficiarios directos de esa difusa ideología despojada de pensamiento pro­piamente socialista, y su cohorte de miembros comunes entonte­cidos por el señuelo de un pensamiento nuevo, grande y unitario que recuerda al lema del ideario de aquel infame caudi­llo, son los que ahora integran las filas del bando que nunca ha dejado de ser y de comportarse como bando vence­dor. Y todo ello, en un ambiente político que recuerda los años anteriores a aquella guerra, de constantes provocaciones e insul­tos a la inteligencia que a su vez evocan el grito de  aquel general franquista que en la Salamanca de Unamuno atronó a la concurrencia: ¡Muera la inteligencia”.

No sé si lo logró aquella maldición, pero lo cierto es que la in­teligencia brilla por su ausencia y parece muerta casi desde que empezó la farsa democrática. Antes estaba sólo ahogada. Pues, sea en la investigación, en el arte o en la tecnología que nos llegan de prestado, sea en otros ámbitos de la sociedad, la inteligencia, la imaginación y la mentalidad que preponderan en este país son las del imitador, las del franquista solapado y las del pendenciero que defienden con uñas y dientes sus privile­gios y su derecho a delinquir “legalmente” desde la polí­tica, y no están dispuestos a ceder en su posición de fuerza y sí dispuestos a cualquier cosa para retenerlos, incluso a la guerra.

¿Qué recursos, pues, qué medios, qué instrumentos habremos de utilizar para desbancar a un ejército de atracadores de lo público, de opresores de masas de ciudadanos y ciudadanas des­amparados por el Estado, que viven penosamente? ¿Qué, a quién podremos recurrir para desmontar un orden desordenado de cosas que pasa por el mantenimiento a ultranza del statu quo de los vencedores en aquella guerra y en las confrontaciones domésticas posteriores de cualquier clase, sea la económica, la financiera, la empresarial o la mediática, que no permiten al pue­blo atisbar la más mínima posibilidad de vivir una verda­dera libertad y desahogo?

No lo olvidéis. Si no nos libramos de gentes de esa infame ca­tadura y no confiamos en un nuevo partido político que intenta devolver al pueblo la soberanía que en realidad nunca ha te­nido, desesperemos de lograrlo por lo menos en otro siglo, cuando ninguno de nosotros estemos ya para comprobarlo…

Jaime Richart, Antropólogo y jurista

Trump y el Papa

Página/12

La carta firmada por treinta y cinco prestigiosos psiquiatras norteamericanos y enviada al New York Times causó estupor en estos días,porque es escozor lo que está viviendo el mundo con la irascibilidad de las declaraciones del presidente Trump, quien parece desconocer que la política es, entre otras cosas, algo que requiere de la simbolización, de la negociación y de la tolerancia. No es el único Presidente que parece desconocerlo. Quisiera extenderme sobre el núcleo de las observaciones de esos expertos en salud mental, que se han saltado un código interno sobre la evaluación profesional de personalidades públicas, y lo han hecho, según explican, porque “este silencio ha resultado en un fracaso para prestar nuestra experiencia a periodistas preocupados y miembros del Congreso en este momento crítico. Tememos que está en juego demasiado para permanecer en silencio”. Qué pena que hablen tan tarde, qué pena que el propio Trump sea una burla a sus pruritos en materia de neutralidad profesional.

Pero antes, me permito detenerme en otra noticia de esta semana, cuya fuente fue la portavoz de la cancillería rusa, María Zajárova, quien llamo la atención sobre la información que ahora confirma el Mando Central de EE.UU. (CENTCOM), admitiendo el uso de proyectiles con munición de uranio empobrecido contra la población civil siria e iraquí. Zajárova recordó que Rusia denunció ese hecho violatorio de todas las convenciones al respecto en octubre del año pasado, pero que la diferencia es que entonces “estaba al mando un equipo encabezado por un Premio Nobel de la Paz”. Vaya esta digresión para tener en cuenta que Trump, con toda su alienígena carga negativa, al mismo tiempo revela lo que los buenos modales demócratas no sólo callaban, sino lo que hacían. Esa es la basura que el capitalismo norteamericano ya naturalizó, y no sé qué opinarán esos psiquiatras sobre un Nobel de la Paz que invade países y aplasta a poblaciones civiles con armas prohibidas, es decir: si no consideran a los sirios y a los iraquíes también como personas que piensan diferente a un presidente norteamericano.

El núcleo al que me refería antes es el que señala, en el curso de la carta, que “el discurso y las acciones del señor Trump demuestran una incapacidad para tolerar opiniones diferentes a las suyas, lo que le lleva a reacciones de rabia. Sus palabras y conductas sugieren una profunda incapacidad para sentir empatía. Los individuos con estos rasgos distorsionan la realidad para adaptarla a su estado psicológico, atacando a los hechos y a quienes los transmiten”. Terminaban diciendo “Creemos que la grave inestabilidad emocional indicada por el discurso y las acciones del señor Trump lo hacen incapaz de servir con seguridad como presidente”. La carta fue también publicada en el blog personal de uno de los firmantes, el doctor Lance Dodes, analista emérito del Instituto de Boston y antiguo profesor de psiquiatría de Harvard. Es decir, hay algo más de fundamento que cuando teníamos por acá que escuchar las peroratas del síndrome de hubris.

Es interesante que se comience a hablar en términos de empatía o de hostilidad para explicar fenómenos políticos basados en mecanismos que se hunden en la psiquis de millones de personas y que hacen palanca sobre la necesidad de deshacerse del otro a cualquier precio y a localizar en el otro una amenaza. Para lograr sus objetivos, y lo hacen, deben quebrar cualquier impulso de empatía en sus audiencias. Con sus grandes dispositivos, logran clausurar un aspecto vital en quienes dejan que les destruyan sus posibilidades de empatizar con quienes los rodean. La empatía es precisamente la emoción básica que abre la grieta mundial. La fascinación que despierta Trump en amplios nichos racistas, homofóbicos, patriarcales, violentos, es precisamente la exhibición obscena de su falta de empatía. No es que su electorado no se dio cuenta. Lo votó por eso.

Más allá de creer, como dije al principio, que el análisis que se hace en esa carta sobre Trump es un acto valiente pero tardío, también es políticamente corto. Por eso di el ejemplo de los misiles con uranio empobrecido usado contra civiles que Obama negaba y ahora Estados Unidos confirma. Porque si hablamos de la empatía, hay que ir al hueso. Precisemos. Empatía siente el amigo por el amigo, los amantes entre sí, los miembros de una familia. Pero de lo que se trata es que ese sustrato emocional de contención y de acercamiento hospitalario sea el pulso de las relaciones sociales. Necesitamos como el aire sociedades más empáticas, y gente que sea capaz de ponerse no sólo en el lugar de alguien que conoce, sino de alguien que sufre lejos, en el de cualquiera que sufra. La empatía es una resistencia al dolor ajeno, y un impulso para modificarlo y hacerlo cesar.

No es solamente Trump, ese síntoma extraño, ese grano visible el que carece de empatía. Ahí hay un sistema entero fracasando. Un sistema capaz de hacer lo que sea necesario para mantenerse hegemónico. Un sistema complejo, porque en él también suceden cosas que nos hablan de la fuerza contraria, de la imperiosa necesidad de empatía que necesitamos las criaturas humanas para que la supervivencia del planeta continúe y para que nuestras propias vidas sean mejores. Decenas de veteranos de todas las guerras norteamericanas han decidido unirse como escudo de protección para los sioux de la Reserva Standing Rock, en Dakota, y defender a ese pueblo de los guardias armados de las empresas petroleras que ya tienen el visto bueno de Trump. Algunos de esos ex soldados que combatieron en Irak o Afganistán, dijeron que esta decisión es una especie de “sanación”, porque “por fin hay militares estadounidenses que llegan al territorio de los sioux para ayudarlos, y no para atacarlos”.

Hoy hay dos voces que portan los discursos dominantes y en pugna en este momento crucial de la historia, porque un rapto enloquecido podría acabar con todo y con todos muy pronto. Una es la de ese inestable emocional que no soporta que lo contradigan, y que quiere que los mexicanos se paguen su propia exclusión. La otra es la del Papa, que de una y mil maneras aboga diariamente a favor de la empatía, con los refugiados, con los indígenas, con las mujeres, con los pobres, con las víctimas de la trata, con los abusados, con los descartados. Un discurso expulsa y el otro invita a la hospitalidad. ¿Qué hacemos con el otro, que quiere negociar, que quiere algo de lo que tenemos porque a él se lo sacaron, que habla en un idioma que no entendemos, que tiene costumbres que no nos gustan? ¿Lo eliminamos o lo conocemos? Incluso desde el punto de vista de la seguridad, de los sistemas económicos, del diseño del mundo, ¿qué hacemos? ¿Lo perseguimos, lo bombardeamos, lo espiamos, lo acribillamos, o intentamos abrirnos a una asociación? ¿Respetamos la vida o invadimos Yemen o Irak? ¿Se puede creer que alguien respeta la vida porque es antiabortista pero apoya políticas de exterminio en países lejanos? ¿Concebimos un mundo para todos o le tiramos a la cabeza al que ponga un pie cerca de nuestra propiedad privada? Es la pregunta del principio de los tiempos.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar/20950-trump-y-el-papa

“Compre usted para ser feliz”

Nos bombardean constantemente a través de los medios de transmisión o medios de adoctrinamiento: compre la casa de sus sueños, el reloj que le hará sentir bien…apueste su dinero al poker on line o cómprese un coche nuevo…y así hasta un sin fin de mensajes diarios a los que todos estamos expuestos por el solo hecho de encender la televisión, abrir el periódico o navegar por la red. “Si compra mi producto usted será feliz”, parece ser la consigna, y la consigna, generalmente, es creída.

La publicidad, en efecto, nos transmite directamente un mensaje claro: “debe usted comprar mi producto”, pero asociado a esto se nos “cuelan” una serie de mensajes o supuestos que a menudo pasan inadvertidos como también sus consecuencias, supuestos que son mayoritariamente aceptados. El primero de ellos es el de la infelicidad humana. Los seres humanos somos infelices ya que nos falta algo: nos falta un producto, la mercancía que se nos anuncia. Sin él, la vida no tiene sentido. El primer supuesto es por tanto que debemos creernos infelices.

El segundo supuesto es el que ya hemos comentado, que si compramos el producto nos sentiremos mejor. Veo al señor o a la señora que aparece en el anuncio y me transmiten felicidad, tienen una sonrisa de oreja a oreja; la familia que sale en el anuncio televisivo parece feliz, con lo cual mi familia y yo también lo seremos si adquiero el producto: debo comprar.

Ya tenemos dos de los mensajes subliminales o supuestos que se nos transmite a través de la publicidad. Nos quedarían muchos más pero ahora nos ocuparemos de dos de ellos (sobre todo en los productos caros) como son el prestigio social y la envidia. Con respecto al primero se nos intenta hacer creer que el comprador del flamante coche será alguien que gozará de un prestigio social que ahora no dispone, y es que la sociedad, sí, valora a aquellos que posean riqueza y además la exhiben. El comprador del coche será admirado por los demás produciéndose un reconocimiento de su valía, de su valor: ahora es un héroe ya que ha sido protagonista de una gran gesta: comprar; ahora es alguien que puede ser feliz. Pero además será envidiado. Conducirá por las calles de su ciudad con su lujoso coche y allá donde vaya se le envidiará con lo cual el sentido de la vida del comprador cobrará toda su importancia; ¿quién no sería feliz siendo alguien valorado y envidiado?

Así, tenemos que se nos transmite el pésimo y falso mensaje de que la felicidad depende de la adquisición de productos materiales y hasta que no se consigan estos se vivirá en la infelicidad, así es que si no se dispone del suficiente dinero para consumir (superfluamente) uno tendrá la felicidad vetada. Se nos crean con todo esto unas necesidades que en realidad no tenemos, la necesidad de comprar productos porque sin ellos, así es, la vida carece de sentido. El problema es que este tipo de mensajes han calado en las distintas sociedades y de este modo se valora a las personas no por sus acciones en beneficio de las mismas sino por su capacidad de consumo. Los referentes sociales serán personas adineradas y no aquellos que están implicados en la construcción de un mundo mejor. Finalmente se llegará a la conclusión de que los que dispongan de menor capacidad de consumo deberán sentirse inferiores y los que mayores bienes materiales tengan, superiores y afortunados.

Y esta es la gran falacia y el gran engaño al que gran parte de la población se somete, el creer que nuestra felicidad depende de lo exterior y material en lugar de lo interior e inmaterial, una falacia que aparta a todo el mundo del ansiado bienestar, tanto a los consumidores irracionales que compran productos buscando la plenitud como a los que no pueden lanzarse compulsivamente a comprar y por ello creen que nunca la van a alcanzar. Y es que el anhelado bienestar depende mucho más de lo sentimental, de nuestras relaciones humanas y de la adopción de un adecuado sistema de pensamientos y valores que del conseguir un gran coche o un caro reloj abocándonos sin embargo esta última actitud a una pseudofelicidad que en realidad nos alejará de una vida plena.

No nos dejemos engañar pues por embaucadores; no otorguemos a las empresas comerciales el poder de decidir sobre nuestro bienestar presente y futuro; y, seamos en cambio, personas independientes que no se ciñen por parámetros materialistas ni consumistas ni por falsos prestigios sociales.

Vicente Berenguer, asesor filosófico

https://www.rebelion.org/noticia.php?id=223049

Esto es mío, solo mío y de nadie más

Existe la creencia inveterada y de general aceptación popular que el egoísmo y la propiedad privada son instituciones naturales que explican la conducta del ser humano desde los albores del tiempo evolutivo.

No obstante, cuesta creer que millones de años atrás, nuestro homínido antecesor anónimo tuviera una conciencia mínima de las lindes territoriales y materiales de las que era dueño en exclusiva y que el motor filosófico, por llamarlo de algún modo, de su vida fuera el hacer acopio de más y más objetos o de mayor estatus que el resto de sus congéneres.

Pocas cosas hay en el ser humano innatas o naturales. Así lo viene demostrando el método científico desde hace siglos. Sin embargo, convertir en axioma los prejuicios de la gran masa es un producto ideológico de primera necesidad para mantener un orden establecido ideal donde una casta, el poder, se aprovecha del trabajo productivo de la inmensa mayoría. La falacia natural transformada en tradición cuenta con una fuerza arrolladora y extraordinaria para ahormar la mente colectiva y alienarla con los intereses propios de las elites dominantes.

Volviendo al mítico ser de las cavernas, al que la imaginería más extendida lo ve como aislado en su hogar de roca, junto a una mujer decorativa y un tosco artilugio de defensa-agresión, cabría señalar que esa imagen no tiene nada que ver con la realidad descubierta por la paleontología y los análisis antropológicos.

Ese humano antropoide sobrevivía en comunidad, ya sean hordas, tribus o clanes, donde lo más probable es que todo fuera de todos, y las empresas de caza o cooperación fueran acometidas en común. La lógica de este aserto salta a la vista: cuesta menos energía cazar una pieza escurridiza aunando aportaciones mancomunadas al acervo colectivo que emprender el abatimiento de un animal un solo individuo. ¿Para qué competir gratuitamente con los de tu misma especie cuando es el entorno medioambiental el que obliga a luchar para sobrevivir? Convertir en adversario o enemigo acérrimo al de al lado es una treta ideológica de la sociedad jerarquizada en estamentos incomunicados o clases sociales.

En los animales en general (bancos de peces, bandadas de aves, manadas de mamíferos…) también se atisba esta idéntica forma, la más útil por su gasto de energía menor, de proceder en aras de su supervivencia colectiva. Las guerras de guerrillas entre especies en competición salvaje y desaforada es una metáfora ideologizada para intentar quitar valor al proceso evolutivo e histórico de ser humano desde sus albores en la Tierra.

Curioso es también que el egoísmo y la propiedad privada sean atributos de la libertad, esa idea tan manoseada que parece ser el culmen de la cultura humana. En realidad, da la sensación que tal libertad vinculada al egoísmo y la propiedad material sea más un pesado fardo que demarca una libertad acosada por miedos ancestrales a perderla en cualquier momento. Terrible paradoja: una libertad plagada de títulos y estatus que permanentemente hay que defender de sí misma ante el egoísmo de los otros, el resto de aspirantes a una libertad similar que la disfrutada por mí mismo. Y en verdad os digo, usando del estilo bíblico, que la propiedad privada nace de la desposesión legitimada por la fuerza de los bienes, ideas, historia y logros comunales.

Y es que el egoísmo no es natural en el ser humano como bien demuestra la ciencia contemporánea. Según recopila Richard D. Precht en su libro El arte de no ser egoísta, “(…/…) las recompensas materiales vician el carácter. Quien es condicionado a hacer cosas con contraprestación material lo tiene muy difícil después para arreglárselas sin ella. Es evidente que la conexión entre disposición a ayudar y recompensa material no está por naturaleza asentada en nuestro cerebro. Lo que sucede es que en nuestra niñez somos condicionados a ello y nuestro cerebro crea esa nueva conexión. Y una vez que está ahí constituye ya un reflejo casi automático. En otras palabras: no nacemos egoístas, nos hacen egoístas.”

Esclarecedor: nos hacen egoístas, en la familia, en la escuela, en el medio social. Nos programan para recibir recompensas por nuestro quehacer: premio para el infante bueno que va asumiendo los roles e interioriza adecuadamente las reglas legales y consuetudinarias para su conducta moral; alabanzas éticas para el adolescente modelo que saca notas excelentes; promoción laboral para la persona trabajadora que calla y otorga ante la orden ejecutiva del empresario; la promesa del cielo para el creyente resignado a su suerte que se deja sublimar por su hondo sentimiento de culpa y dolor; aplausos histriónicos para el ciudadano entregado al consumo de bagatelas y eventos vacíos de contenido.

Otro hecho incontrovertible contra la naturalización interesada y doctrinal de la propiedad privada y el egoísmo humano reside en que trabajar por propósitos y objetivos comunes libera tiempo para otros menesteres, pensar y reflexionar por ejemplo. ¿Cómo hubiera sido posible la evolución en sofisticada complejidad de nuestro cerebro sin momentos de paz, seguridad, cooperación, intercambio de experiencias y fantasías y sosiego vital alrededor del fuego comunitario? En la guerra permanente de todos contra todos y de la amenaza constante de ser asesinado y comido por el prójimo hubiera sido categóricamente imposible haber desarrollado la cultura humana hasta nuestra época.

Lo urgente, en esa presunta conflagración bélica originaria, y la necesidad absoluta no habría dejado resquicio a la socialización del conocimiento. Ese darwinismo social alentado por las ideologías capitalistas de la competencia feroz por riquezas materiales y estatus simbólico no viene de serie ni en nuestros genes ni en nuestra historia. Pero de tales presupuestos mágicos se nutre la realidad de nuestros días.

Si no tenemos compensación material a nuestros deseos y esfuerzos, nada vale la pena. Y no nos apercibimos que esa conducta es adquirida, no natural.

Y la paradoja máxima estriba en aquellas personas que nada quieren tener, salvo su capacidad de vivir, aprender y convivir en mutua solidaridad humana. De ellas no se dice que sean libres más bien se las califica de indigentes y pobres. No tienen propiedades en exclusiva, no pueden perder nada más que su conciencia, su libertad y su erotismo por la vida. Y eso no se puede expropiar ni tiene precio tasado. De ahí que sean tachados de locos o inútiles.

https://www.rebelion.org/noticia.php?id=222989

¡A la cárcel!

Pero no a la cárcel convencional sino a otra tal vez peor: la cárcel en casa, un hogar enrejado, eso es lo que se ve venir. Demasiado bien está el orden público en España para las cifras que aparecen a menudo como esos trece millones de personas en riesgo de pobreza o los que ya están en la pobreza extrema (más de un millón en Andalucía). “Un 28,6% de los españoles está en riesgo de pobreza y exclusión social. La renta media de los hogares se redujo un 0,2% hasta los 26.092 euros”, he leído en el diario El País.

El dinero de papá y mamá, la pensión de los abuelos, las pagas del Estado y las chapuzas funcionan todavía pero, ¿hasta cuándo? Todos nos hemos dado cuenta de cómo se han incrementado en los últimos años el número de anuncios sobre alarmas contra los cacos, unas alarmas cada vez más perfeccionadas que avisan antes de que llegue el ladrón, algo que induce al pánico por aquello de que pueden pagar justos por pecadores. Las cámaras de vigilancia y los guardas se han multiplicado, aspecto que no ha pasado desapercibido a algunos estudiosos como Armand Mattelart quien en 2009 publicó Un mundo vigilado y en 2015 De Orwell al cibercontrol.

El poder siempre ha vigilado a sus súbditos pero ahora se ve en la obligación de incrementar esta actividad con un grado de sofisticación mucho mayor porque entre la gente circulan las nuevas tecnologías y porque la codicia está matando algo tan necesario e imparable como la globalización. De todas formas, la tecnología es a la vez libertad y esclavitud, libertad porque permite abrir horizontes comunicativos, esclavitud porque un teléfono inteligente o una tarjeta de compra, van dejando unas huellas que delatan donde se encuentra el ciudadano en cada momento del día.

Todo podría comprenderse si sólo fuera el terrorismo su origen, lo malo es que hay otro terrorismo que está originando el fenómeno y que no pocos terrorismos, llamémosles clásicos, los hemos originado nosotros con una violencia que quienes la sufren no pueden narrarla porque carecen de una CNN. Así funcionan los humanos, desde luego, pero eso no conlleva que haya que resignarse.

En América Latina, desde hace decenios, millones de personas viven en sus cárceles domésticas. Los coches entre barrotes, los bebés y los niños controlados y bien sujetos por sus padres en los parques públicos, nada de salir de noche alegremente. A todo eso lo llaman vivir en democracia pero no, es un mundo enrejado y amurallado por unos dirigentes y unas elites enfermas y sin rivales de consideración.

“Tenemos que formar un gran frente continental de medios populares”

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Un mes después del ataque sufrido por Resumen Latinoamericano, dialogamos con el director del medio, Carlos Aznárez, sobre la situación de la comunicación popular en tiempos de avance de proyectos neoliberales.

Venimos de varios ataques a los medios populares, entre ellos a Resumen Latinoamericano. ¿Cómo caracterizas lo que se viene en cuanto a protegerse frente a esto tipo de situaciones?

Bueno, primero, construir mayores niveles de unidad. Con el Frente de Comunicadores Populares y también con otras organizaciones hicimos una primera Asamblea, para empezar a plantearnos esto de unirnos, encadenar las redes, dar respuestas rápidas. En el caso del ataque a Resumen Latinoamericano hubo respuesta rápida, nosotros lo denunciamos y enseguida empezó a preocuparse la gente. Así tiene que ser. Y a la vez no descartar ningún tipo de estrategia para defendernos, por ejemplo organizar charlas, actividades culturales y otras actividades que pongan sobre la mesa lo que le está pasando a los medios de prensa y también a las iniciativas culturales.

Ahí está el caso reciente de la obra de Vicente Zito Lema, “Eva Perón Resucitada”, donde al día siguiente de estrenarla en Mar del Plata entró un grupo policial al teatro con la intención de clausurarlo. También se han cerrado centros culturales, se han quitado subsidios a un montón de gente que hacía cultura popular, se está tratando de echar a la gente que hace música en los subtes… O sea, la embestida va para muchos y como dije en la conferencia de prensa del Bauen, acá nadie puede imaginarse salvarse solo, esa cosa individualista que Argentina tiene todavía. Evidentemente eso hay que combatirlo con unión, ser más, ser un colectivo, porque es la mejor manera de defenderse.

En el caso de los últimos ataques contra medios, estos mensajes que vienen de un grupo operativo, clandestino, ilegal, que entra a un lugar donde se trabaja habitualmente con información, evidentemente tienen una característica mafiosa de advertencia disciplinadora, en el sentido de “vas por mal camino, este no es”. Y también: “No es para vos, sino para advertirle a otros” que también practican este tipo de periodismo como el nuestro. Eso a mí me parece grave en democracia. Podés poner todas las comillas que quieras a esa democracia, pero es democracia: no estás en una época donde están Videla, Masera y Agosti. Aunque hay algunos simpatizantes de ellos, seguro.

Esto hay que analizarlo en el contexto de escalada que se está sufriendo a nivel regional, a nivel local, de avance neoliberal, de avance derechista y también de avance contra los medios comunitarios, alternativos o de contrainformación, porque de alguna manera lo que se quiere es que perdure un discurso único, el discurso de los medios hegemónicos y entonces los medios contrahegemónicos molestan. Molestan porque además hemos crecido mucho, somos muchos más de los que éramos antes, estamos más avispados de lo que éramos antes. Podemos dar información rápida, las redes y la nueva tecnología ayuda mucho en eso. A ellos le molesta y estas son demostraciones de advertencia, ante lo que tenemos que unirnos.

Pareciera que ese crecimiento de la comunicación popular no tiene una expresión de unidad organizativa que pueda confrontar la representación simbólica que se adjudican los medios empresarios o incluso periodistas reconocidos, prestigiados por esos mismos medios. ¿Cuál es tu opinión sobre la posibilidad de avanzar en mayores niveles de unidad orgánica?

Yo creo que el gran desafío está ahí. No se está pidiendo que nadie termine con su sigla, con su logo o con su actividad, sino que la refuerce uniéndose con otros, ayudando al otro en lo que no está capacitado o no tiene los medios para hacerlo. No sufrir porque crece otro medio al lado tuyo, sino que al contrario, alegrarte.

En tiempos como los que está viviendo América Latina, ojalá crecieran como flores miles de medios, porque va a ser la única manera. Nosotros no tenemos ni aparato económico ni la posibilidad de esa súper exhibición y visibilización que tienen los medios hegemónicos. La televisión, por ejemplo, nosotros tenemos algunos programas, algún canal comunitario como Barricada TV, pero muy poco. Entonces el desafío es abandonar las individualidades. Sin diluirse en el conjunto, sino uniéndose al conjunto para reforzarlo. A esto hay que tomarlo muy en serio.

Lo ideal sería que formemos un gran frente continental de medios populares. Ya hay algunos. Bueno, empezar por unir esos tres, cuatro o cinco que ya están, uniendo a un montón de gente y dar un ejemplo. Eso sería una idea, ¿verdad? Dar un ejemplo desde tres o cuatro plataformas que ya tienen un montón de medios, que decidan trabajar juntos y después atraer a otros para que se vayan sumando. ¿Que logramos con esto? Logramos que cuando ataquen a una compañera en Honduras, o en cualquier lugar, seamos miles de canales para difundirlo.

Y esto no es poca cosa, porque contrarresta al discurso hegemónico que tiene una pantalla todo el tiempo, tiene una web todo el tiempo, y que no va a hablar de eso. O que va a decir que se caotizó el tránsito cuando los campesinos cortan una ruta, no va a hablar que mataron a un campesino: el problema es el caos de tránsito. Me parece que por ahí tiene que caminar la cosa. Para eso hay que cambiar de chip, concientizarse de los tiempos que tenemos, ponerse a la altura de las circunstancias y aportar entre todos.

En España se está haciendo una experiencia a través del periódico Diagonal, se han unido varios medios con la idea de trabajar juntos. Tenemos un montón de diferencias, pero tenemos una mirada común respecto a quiénes son nuestros enemigos. Bueno, si lo tenemos, avancemos sobre eso, no estemos chicaneándonos sobre cosas que nos dividen, porque la verdad es que va a haber muchos temas para la división.

Si se pone el cielo negro, empieza a soplar el viento y después se crea un tsunami, ¿qué vas a estar diciendo? “Ah, mi problema con aquel es que está en tal lista, o que no tiene lista”, o lo que sea, el tsunami te lleva a vos, al otro y al que está más atrás tuyo. Creo que el tsunami se llama imperialismo norteamericano y las multinacionales; y de alguna manera tenemos que hacerle frente a eso. No dejar solos a los mapuches, estar peleando contra eso, no dejar solos a los que venden en la calle, trabajadores de la economía popular. Los medios pueden servir mucho para eso y de hecho lo estamos practicando, como podemos, pero lo estamos haciendo.

¿Cómo pensar esa articulación entre la comunicación y el resto de los planos de la política, en este contexto nacional y continental?

Yo creo que cada organización del campo popular tiene que tener una plataforma de comunicación. Es fundamental para sus integrantes, también es fundamental para el resto, para saber cómo piensa esa organización a través del punto de vista comunicacional. Partiendo de ese hecho que se está dando naturalmente, porque todos tienen una radio, o una web, o un periódico o esas tres cosas, me parece que todo lo que hacemos en comunicación es política, todo tiene un discurso político.

Nosotros nos situamos abajo y a la izquierda, otros en el nacionalismo revolucionario, otros se sitúan en la ultra izquierda, lo que sea, pero de alguna manera sus medios de comunicación y todo lo que comunicamos tienen un claro contenido ideológico. No somos objetivos, tenemos la parcialidad del lado del pueblo, no del lado de los poderosos. Me parece que los comunicadores también podemos ayudar a acercar posiciones de las organizaciones, que también están divididas, que también tienen sus pro y sus contra, sus mañas, cada una y cada uno.

Desde el mensaje de que podemos construir plataformas comunicacionales donde participen compañeros de distintas organizaciones, podemos dar una mano también a acercar, a unificar el campo de la lucha popular. Es perentorio, te diría, por el momento que estamos viviendo.

Fernando Vicente Prieto

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Integración regional en tiempos de Trump