“Si impones el neoliberalismo 40 años, el resultado es Donald Trump”

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Entrevista a Susan George, presidenta de honor de ATTAC Yago Álvarez CADTM Susan George (Foto: Álvaro Minguito) Con más de 80 años, la presidenta de honor de ATTAC, Susan George, sigue siendo el referente mundial del activismo alterglobalización. Esta estadounidense, … Sigue leyendo

La desaceleración estadounidense (pdf)

La desaceleración estadounidense
Michel Aglietta

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Economía mundial y la crisis actual

Trump

La economía de Estados Unidos, con sus empresas trasnacionales fueron las principales favorecidas con la globalización de la economía mundial. La contrapartida ha sido la profundización de los problemas económicos, sociales, medioambientales y migratorios a nivel mundial, los que también se manifiestan en la sociedad estadounidense. La profunda crisis mundial iniciada en 2008 no ha sido superada, se encuentra en estado de reposo con convulsiones periódicas. Con Trump, la prolongada crisis puede profundizarse. Es muy probable que se presente un proceso de ruptura de la globalización de la economía mundial que de paso a una economía mundial conformada por nuevos bloques regionales muy competitivos.

Estados Unidos principal beneficiario de la globalización

Estados Unidos ha sido el principal impulsor de la globalización de la economía mundial. Reafirmó el neoliberalismo como el pensamiento único. En EE.UU. combinó el libre comercio con proteccionismo en importantes sectores. Exigió a los otros países libertad para las exportaciones de mercancías y de capitales estadounidenses. El gobierno estadounidense puso como ejemplo a seguir en el mundo a Chile y a México, países que aplicaron en forma extrema y prolongada el neoliberalismo.

Criticamos la globalización, el neoliberalismo y sus propuestas, porque significaba un aumento de la explotación de los trabajadores en el mundo, privatizaciones y desnacionalizaciones de empresas, apropiación de los recursos naturales, agudización de los problemas sociales, etcétera. En los países sin estrategias de desarrollo, como en América Latina, se destruía el capitalismo anterior y se organizaba un capitalismo desde afuera, profundizando la explotación de recursos naturales e incrementando en grado extremo la dependencia.

En los últimos años, las críticas a la globalización y al neoliberalismo se incrementaron. Estados Unidos que implantó la globalización y fue el principal beneficiario, ahora, a través de Trump, rechaza importantes aspectos de la globalización. Exige e impondrá a otros países amplia libertad para las exportaciones y para las transnacionales estadounidenses, en los tratados ya firmados y en los nuevos que implementará bilateralmente, bajo la síntesis “primero los intereses estadounidenses”.

La economía de Estados Unidos con sus empresas trasnacionales fue ampliamente favorecida por la globalización de la economía mundial. La contrapartida ha sido la profundización de los problemas económicos, sociales, medioambientales y migratorios a nivel mundial, los que también se manifiestan en la sociedad estadounidense.

Con la globalización Estados Unidos, en los 90’s, logró la hegemonía que en los 80’s había compartido con Japón y Europa y l a reestructuración y dinámica económica en los sectores de alta tecnología –computación, informática, robótica, inteligencia artificial– e incluso, en la industria automotriz. Esta última, pasó de grandes pérdidas, previa a la crisis de 2008, a grandes ganancias en los últimos años.

A partir de inicios del siglo XXI, el potente crecimiento de China alcanzó un papel importante en el funcionamiento de la economía mundial. Desde hace unos años, es la primera potencia económica mundial a nivel de la producción, de las exportaciones y de las reservas internacionales. Sin embargo, Estados Unidos mantiene la hegemonía mundial, si se tiene presente la potencia económica, militar, científica, política, unida al predominio ideológico y cultural.

Todo lo anterior, es una crítica a la apreciación parcial, deformada, delirante y enfermiza de Trump sobre los daños de la globalización, de México y de China sobre Estados Unidos.

Hacer nuevamente grandes a los Estados Unidos en el mundo

Este planteamiento central de Trump sintetizado en un nacionalismo, con más proteccionismo y más libertad para sus exportaciones de bienes y de capitales, desconoce, desde el punto de vista histórico y teórico, la existencia objetiva de una Economía Mundial que es más evidente aún después de décadas de globalización. La economía mundial es una totalidad mayor a la mera suma de las economías nacionales de la que destacamos cinco características.

1. La creación de una estructura productiva mundial relativamente sólida por sobre las economías nacionales.

2. La generación de un mercado mundial, exportación e importación de bienes y servicios, por sobre los países. En términos de cantidades físicas con cierta estabilidad, e inestabilidades en términos de valor, por precios abruptamente cambiantes.

3. La estructura mundial actual de producción y de circulación mundial de mercancías por sobre las economías nacionales, está comandada por las grandes empresas transnacionales, siendo las empresas estadounidenses las más importantes en la economía mundial. Ellas, podrían oponerse o limitar las propuestas de Trump.

4. La globalización ha profundizado a nivel de las economías nacionales el proceso de desproporcionalidad de los diferentes sectores económicos. Desproporcionalidad que sólo puede ser resuelta en la economía mundial si ella funciona con cierta regularidad.

Esta desproporcionalidad es muy profunda para los países atrasados del capitalismo que, como en América Latina, han profundizado la especialización en productos primarios, y, particularmente México, que combina especialización en primarios y en industria automotriz para exportar a Estados Unidos.

5. Las verdaderas crisis del capitalismo se presentan como crisis del mercado mundial. Marx contemplaba un V libro que  tituló Mercado mundial y las crisis, afirmó: “el mercado mundial, la sección final, en la cual la producción está puesta como totalidad […]. El mercado mundial constituye a la vez que el supuesto, el soporte del conjunto”. 

La dinámica de la economía mundial es muy frágil e inestable. Será afectada según el grado en que se implemente el proteccionismo y el nacionalismo de Trump, el impacto del Brexit, los posibles triunfos de nacionalismos en Europa y las respuestas de otros países, en particular, de México y de China. Recordamos que con la moratoria de la deuda externa de México se manifestó la profunda crisis mundial de 1982.

La profunda crisis iniciada en 2008 no ha sido superada. El Informe del FMI de abril de 2016 afirma: “… existe una amplia dispersión de posibles desenlaces en torno a las proyecciones, dada la incertidumbre que rodea a la orientación de las políticas del gobierno estadounidense entrante y sus ramificaciones internacionales” .

Por nuestra parte, hemos caracterizado la crisis de la economía mundial actual, “en estado de reposo con convulsiones periódicas”.

En el corto y mediano plazo la crisis podría profundizarse en la economía mundial acompañada en los primeros años de cierto dinamismo de la economía estadounidense. La profundización de la crisis en los otros países podría arrastrar a la economía estadounidense también a una crisis que a su vez profundizaría la crisis de la economía mundial.

En perspectiva, es muy probable que se presente un proceso de ruptura de la globalización de la economía mundial que de paso a una economía mundial conformada por bloques regionales comandados por Estados Unidos, en acuerdos bilaterales incluyendo al Reino Unido. La Unión Europea encabezada por Alemania. China profundizando la cadena productiva asiática en competencia con Japón. La situación de Rusia es incierta.

https://www.rebelion.org/noticia.php?id=223122

El banco Monte dei Paschi pierde 3.380 millones en 2016 antes de su rescate

El banco más viejo del mundo
El banco negocia desde diciembre con el Gobierno italiano y con Bruselas una inyección de 6.600 para reparar su déficit de capital

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La sede del banco italiano Monte dei Paschi, el más antiguo del mundo, en Siena. REUTERS/Stefano Rellandini

Banca Monte dei Paschi di Siena, que negocia desde diciembre con el Estado italiano y con las autoridades europeas un plan para su rescate con fondos públicos, registró pérdidas netas por valor de 3.380 millones de euros al cierre de 2016, frente al beneficio neto de 388 millones de euros registrado un año antes.

El resultado operativo bruto del banco en 2016 fue de 1.635 millones de euros, un 36,8 % menos que los 2.587 millones de 2015.

La cifra de negocio del banco toscano (el más antiguo del mundo, puesto que sus orígenes se remontan a 1472) fue de 4.255 millones de euros, un 18,4% menos que un año antes, mientras que el margen de intereses cayó un 10,5%, hasta 2.021 millones de euros, y los ingresos por comisiones se elevaron un 1,6%, hasta 1.839 millones de euros.

Además, la entidad toscana informó de que sus créditos deteriorados netos se redujeron en unos 4.000 millones de euros en el curso pasado y recordó que el 25 de enero de este año ha emitido títulos con garantía del Estado por un valor de 7.000 millones de euros.

Monte dei Paschi recibirá una inyección de 6.600 millones de euros por parte del Gobierno de Italia en el marco de su rescate para reparar el déficit de capital de 8.800 millones de euros de la entidad. Tras fracasar en su ampliación de capital por valor de 5.000 millones de euros, el Ejecutivo liderado por Paolo Gentiloni asumirá una participación del 70% en el banco. La entidad mantiene desde entonces suspendida su cotización en la bolsa de Milán.

Estos fondos procederán del decreto aprobado en diciembre por el Gobierno italiano dotado de 20.000 millones de euros con el objetivo de servir de ayuda a los bancos en apuros, como es el caso de Monte dei Paschi.

El pasado año, el banco toscano fue la única entidad que quedó por debajo de los valores mínimos exigidos a 51 bancos europeos evaluados por la Autoridad Bancaria Europea (ABE). Comenzó entonces un proceso de reestructuración de sus cuentas que incluía la citada recapitalización de 5.000 millones de euros que no logró completar y la venta de 27.700 millones en créditos morosos.

Fuente: http://www.publico.es/economia/banco-viejo-mundo-banco-monte.html

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Más de cien mil trabajadores en todo el Estado, convocados a la huelga del Contact Center este jueves 26 de enero

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CGT La Confederación General del Trabajo (CGT) informa de que finalmente se celebrará este jueves 26 de enero una nueva huelga sectorial del Contact Center (antes Telemarketing) en todo el Estado. Tras más de dos años de negociación del nuevo … Sigue leyendo

Un artículo sobre la Navidad que no le va a gustar a nadie

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El consumismo de las fiestas navideñas Isabel Benítez El salmón contracorriente Foto: Richard Elzey cc Atención: Este texto no está recomendado para personas con hipersensibilidad a las fechas en las que nos encontramos. Tampoco para aquellos que aspiran a pasar … Sigue leyendo

“No podemos evadirnos del éxito”. Lecciones de Cuba, Brasil, Ecuador y Grecia para el Estado español

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Eric Toussaint y Fátima Martín CADTM Eric Toussaint, Ana Taboada y Carlos Sanchez Mato en la conferencia de Oviedo del 26 de noviembre de 2016 “Estamos viviendo hoy una convergencia entre organizaciones políticas diversas, (Podemos, IU, otras organizaciones políticas como … Sigue leyendo

Pronósticos e ideas económicas de Juan Ignacio Crespo

¿Recesión en 2017?

Juan Ignacio Crespo es un matemático de larga trayectoria como analista financiero en altos niveles de la hacienda pública española y del sector privado, colaborador habitual en muchos medios de comunicación. Aquí se reseña su libro titulado ¿Por qué en 2017 volveremos a entrar en recesión?, recién   publicado en Ediciones Deusto.

El libro, que se subtitula “Un análisis de los datos que auguran una nueva recesión y cuándo saldremos de ella”, se describe en su cubierta nada más y nada menos que como “Las previsiones económicas del único economista español que predijo la crisis de 2008”. En la contratapa figuran elogiosas recomendaciones de la corresponsal política de El País, Anabel Díez; de Josep Borrell, exministro de Obras Públicas y expresidente del Parlamento Europeo; y de Rafael Doménech, que es BBVA chief economist for developed economies (así, en inglés, que es mas importante). Variados y sustanciales son pues los respaldos del libro.

Para ir de entrada al grano, diré que el pronóstico que hace Crespo de recesión para 2017 es verosímil, aunque demasiado preciso. Hace meses afirmé que los datos económicos recientes sugieren como muy probable una recesión si no en 2016, no mucho después. Dije también que es de esperar que esa recesión sea de carácter mundial y, probablemente, severa. Explicaré por qué lo creo así a la vez que expongo mis acuerdos y discrepancias con las ideas de Crespo.

Teorías económicas y chartismo histórico

Crespo basa sus predicciones en lo que él denomina chartismo histórico, que es simplemente el examen de las oscilaciones de las variables económicas y la investigación de la periodicidad media con que ocurren fenómenos económicos como las recesiones, que en la economía de EEUU se dan en promedio cada 4,7 años (p. 25). El término chartismo deriva del inglés chart que es como se denominan las gráficas de series temporales que se utilizan en economía y finanzas. La esencia del método de Crespo es suponer que la economía tiene ciclos más o menos regulares. El libro es, sobre todo, un estudio de tipo descriptivo, con docenas de gráficas, sin ningún aparato estadístico-matemático ni econométrico.

Crespo no tiene demasiado respeto a las llamadas “ciencias económicas y empresariales”, que no son ciencias, aunque en general sí son bastante “empresariales”. Aunque Crespo no diga esto, sí dice que hay que tener claro que la economía “tiene de ciencia lo mismo que la farmacopea” (p. 267). Por otra parte afirma que las crisis y los cambios de dirección en los mercados financieros son previsibles mediante la identificación de los patrones de comportamiento de las variables económicas en las series históricas (p. 266). Se nota que Crespo no tiene formación de economista académico, porque no se va por las ramas teóricas de ninguna de las escuelas de pensamiento económico. Cita a personajes variados (Larry Summers, Ben Bernanke, Mario Draghi, Trotsky, Keynes, Marx…), pero sus citas son sobre todo retóricas y nunca expone una visión definida de cómo funciona en su opinión nuestra economía capitalista. Implícitamente queda claro que comparte muchas de las ideas habituales entre economistas, por ejemplo, la de que el sistema económico responde a las preferencias y necesidades de la sociedad. Así dice que es evidente que “con el tiempo la demanda de petróleo decaerá por razones de sensibilidad medioambiental” (p. 182). Ojalá fuera cierto. Lamentablemente los hechos indican que “al sistema” le importa un comino el ambiente y todo hace prever que, dejando aparte la retórica de los acuerdos de París, de seguir la evolución normal en nuestro sistema económico, el consumo de petróleo y por tanto las emisiones de CO 2 seguirán aumentando, sobre todo en las épocas de expansión, sin que se pongan en marcha políticas preventivas del cambio climático efectivas para reducir esas emisiones.

Crespo es un empirista, dicho sea sin ninguna intención peyorativa. De hecho, la carencia de teoría puede ser una ventaja si, como en el caso de Crespo, de lo que se carece es de un enorme pedrusco conceptual como el que oculta a muchos de los economistas académicos las características principales de nuestro sistema económico. Crespo no parece cegado como tantos economistas por la idea de que los mercados, guiados por “la mano invisible” de Adam Smith, que supuestamente armoniza los intereses privados, siempre producen respuestas eficientes. Tampoco parece comulgar con la idea, clave en muy diversas escuelas de economía académica, de que las crisis económicas, los periodos de recesión o depresión del ciclo comercial o industrial, pueden evitarse, aminorarse o incluso eliminarse. De hecho niega esa idea. Dice que los gobiernos suelen aparentar que dirigen la economía, cuando en realidad solo hacen “gesticulaciones normativas que, de manera casi completamente aleatoria , unas veces refuerzan la tendencia económica y otras la frenan, tanto al alza como a la baja” (p. 166, las cursivas son mías, J.A.T.). En esto Crespo demuestra tener un realismo del que muchos economistas carecen por completo. Pero ese realismo no es tan claro cuando Crespo discute el sistema financiero.

Crespo afirma que en la crisis del 2007 no se produjo pérdida de riqueza financiera gracias a la intervención de los bancos centrales y los gobiernos, que salvando a los bancos evitaron que se produjera una catástrofe mucho peor (p. 217). En una entrevista hace dos años Crespo también consideró correcto tanto que los gobiernos aumentaran de entrada el gasto público para aminorar el impacto de la recesión, como que luego reconsideraran esa política expansiva del gasto ante el aumento substancial de la deuda pública. ¿Suena esto familiar? ¿No es lo que hicieron y defendieron Rodríguez Zapatero en España y Obama en EEUU?

Pero, ¿es cierto como afirma Crespo —con el grueso de la profesión económica— que el salvamento de los bancos evitó males mayores? ¿Qué hubiera pasado si en los años que siguieron a la caída de Lehman Brothers los gobiernos hubieran dejado que los bancos quebraran? Lamentablemente, no podemos saberlo con seguridad, Crespo lo reconoce cuando hace la sabia consideración de que casi siempre es imposible saber qué hubiera pasado si ciertas políticas no se hubieran puesto en marcha (p. 69).

Antes de ser director de la Reserva Federal, Ben Bernanke había afirmado que las quiebras de bancos durante la década de 1930 en EEUU fueron una de las causas principales de que la depresión fuera larga y profunda. La inferencia es que las quiebras bancarias han de evitarse a toda costa para evitar males mayores. Eso fue lo que promovió Bernanke como director de la Reserva Federal y lo que hicieron múltiples gobiernos cuando el sistema financiero comenzó a tambalearse en 2008. Pero un examen detenido de los hechos cuestiona el razonamiento de Bernanke.

La Gran Depresión comenzó a finales de 1929 y ya en 1930 aumentó el número de quiebras bancarias. Las quiebras se concentraron en determinados meses, por ejemplo en diciembre de 1931, cuando el volumen de depósitos en bancos quebrados alcanzó 277 millones de dólares. Las cifras correspondientes fueron 219 millones en la crisis bancaria de enero de 1932, 133 millones en las crisis de junio de 1932 y de enero de 1933 y  esto fue la descomunal traca final  3.276 millones en la de marzo de 1933. De forma que las crisis bancarias de la Gran Depresión tuvieron lugar después de que se hubiera iniciado la contracción de la economía real y fueron aumentando en intensidad hasta alcanzar su clímax en la primavera de 1933. Luego, en el verano de 1933 la economía comenzó a recuperarse, el desempleo comenzó a bajar rápidamente y la expansión se mantuvo hasta la recesión de Roosevelt en 1937-1938. ¿Cómo es posible que, como afirmó Bernanke, las quiebras bancarias influyeran en que la depresión fuera larga y profunda, si una enorme proporción de las mismas tuvo lugar justo cuando la recesión de 1929-1933 se estaba acabando para dar paso a un periodo expansivo?

La idea de que las quiebras bancarias llevan a una catástrofe social y económica a evitar por todos los medios también contrasta con la reciente experiencia de Islandia, el único país en el que el capital bancario sufrió seriamente durante la crisis de 2008-2009. Los bancos islandeses habían alcanzado tales dimensiones en comparación con la economía del país que era completamente imposible salvarlos, y se vinieron abajo. Hubo pérdidas, claro, de los accionistas y de depositantes extranjeros, por ejemplo británicos, que habían puesto sus fondos en los bancos islandeses. Pero la recuperación de la economía islandesa fue muy rápida. Por el contrario, en España, Grecia y otros países donde se evitaron las quiebras de bancos y solo ahorristas de cajas de ahorros tuvieron que asumir pérdidas (p. 52), la economía ha languidecido durante varios años. Incluso se podría decir que la crisis que se inició en España en 2008 llevó el paro a tales tasas astronómicas que fue de características incluso peores que las de la Gran Depresión en EEUU en los años treinta, así que una Gran Depresión no fue lo que se evitó. En EEUU la intervención para salvar a los bancos fue a finales de 2008 y comienzos de 2009, pero el desempleo siguió aumentando hasta marzo de 2010. Si el salvamento de los bancos “nos salvó” de algo a los demás, es muy dudoso, pero lo que no es dudoso es que salvó a los bancos y, sobre todo, a sus propietarios.

Respecto de estos temas, Crespo hace muchas matizaciones. Así dice que cuando se salva a los bancos  para evitar un desastre económico, claro  es mayoritaria la opinión de que se ha salvado realmente a los banqueros, confusión que resulta comprensible porque “al fin y al cabo a los responsables de la mala gestión (directivos) y de la mala administración (consejos) no se les han exigido ni unas responsabilidades mínimas” (p. 53). Desde luego que no, habría que decir. Aunque el exvicepresidente del Gobierno, exdirector del FMI y exdirector de Bankia, Rodrigo Rato, ha sido imputado en España por delitos de administración desleal, fraude fiscal, blanqueo de capitales y corrupción, esto parece solo una de unas pocas excepciones y, por ejemplo, en EEUU no ha habido nada que se parezca en relación a directivos de bancos. De ahí que se haya acuñado la expresión too big to jail, demasiado grande como para encarcelarlo, referida a los ejecutivos de bancos a los que se aplica la expresión too big to fail, demasiado grande como para que se venga abajo, con la que se justifica salvar a los bancos para “salvar la economía”.

Crespo dice que “la destrucción física o financiera de riqueza es una de las características de toda crisis. Y, al igual que la destrucción física en las guerras deja paso a una actividad económica en alza cuando estas se terminan porque se impone la tarea de la reconstrucción (…), la destrucción de recursos económicos y financieros propios de las recesiones abre la posibilidad de revalorizar mas fácilmente los recursos que hayan sobrevivido” (p. 218). Aunque el pasaje no es demasiado claro, Crespo parece aceptar que la destrucción de capital en las crisis posibilita la revalorización ulterior del capital que sobrevive. La consecuencia, que Crespo no extrae, es que evitar la destrucción de capital durante la crisis obraría como un lastre para el sistema económico. De hecho, uno de los periodos más notables de expansión del sistema capitalista fue el que se dio en las dos o tres décadas que siguieron a la destrucción de capital en todo el mundo durante el periodo 1930-1945.

La idea de que la liquidación de capital es un fenómeno clave de las crisis económicas y de su resolución fue básica en las teorías económicas de otros tiempos. Para Marx era uno de los mecanismos básicos para que la crisis diera paso a otro periodo de expansión. Pero con la creciente acumulación y centralización del capital permitir esa destrucción (que en gran parte se realizaba en crisis anteriores mediante devaluaciones de activos financieros e inventarios y cancelación de deudas) se les hace muy cuesta arriba a quienes gestionan las decisiones gubernamentales, políticos que tienen hoy vínculos múltiples y poderosos con los poseedores de capital.

Predicciones y numerología

Para sustentar su predicción de recesión en 2017, Crespo dice que la expansión de EEUU cumple 72 meses en julio de 2016 y considerando los datos disponibles desde 1850, muy pocas expansiones han ido más allá de 72 meses (p. 122); además, los precios de las materias primas han caído desde 2011, los tipos de interés han comenzado a subir en EEUU, los costos de financiación de las empresas que emiten bonos basura de alta rentabilidad han subido, los países emergentes están ya en recesión con sus bolsas y sus monedas cayendo escandalosamente desde 2014, mientras que países desarrollados productores de materias primas como Canadá ya estaban en recesión a finales de 2015, y Japón, Finlandia y Suiza, “coqueteaban con ella” (p. 214). En España, dice Crespo podría ser un riesgo adicional “el empeño de la Comisión Europea en hacer cumplir el objetivo de déficit para 2016”. Si a ello se añade, como es el caso, la caída de los beneficios empresariales en EEUU, todo indica que la recesión de la economía de EEUU está cercana y “probablemente precipitará una recesión global” (p. 271). El razonamiento de Crespo sobre los factores que apuntan a una recesión mundial es muy plausible. Por otra parte, el pronóstico concreto de recesión para 2017 es demasiado preciso. Muchos datos indican que la recesión está cerca, pero podría estar empezando ya o tardar quizá dos o tres años más en comenzar. Un aspecto fundamental de la economía capitalista es su irregularidad, las crisis se repiten, sí, pero a intervalos variables. Si no se atiende a eso, las predicciones pueden ser fallidas, como lo fue la predicción de Crespo, hace varios años, de una crisis mundial para 2012-2013.

Los gráficos 1.11 y 1.12 del libro (pp. 45-46) presentan proyecciones de la evolución hasta 2020 de los índices Dow Jones Industrial (DJI) y Standard & Poor 500 (S&P500), dos indicadores muy usados del nivel de precios en los mercados de valores de EEUU. Sorprendentemente esos gráficos parecen estar en el libro “de rondón”, ya que Crespo no comenta nada sobre ellos en el texto. Ambos presentan una tendencia más o menos plana entre 2014 y 2020, con importantes oscilaciones y una caída bastante ligera en 2017, año en el que Crespo señala en el gráfico la recesión que pronostica. Crespo no dice cómo ha estimado esa evolución de los índices DJI y S&P500. ¿Ha usado algún método estadístico tipo ARIMA? ¿Ha mirado su bola de cristal? ¿Le ha preguntado a su pitonisa? El lector se queda sin saberlo.

Un problema del uso de gráficos y números a la manera de Crespo es que en algunos casos el “chartismo” puede irse por una pendiente resbaladiza hacia la numerología. Buscar patrones matemáticos deterministas o patrones estadísticos, probabilistas, en la relación entre variables es la base de la investigación científica, que siempre intenta elaborar conceptos y teorías que de alguna manera dan cuenta de la realidad y permiten hacer predicciones. Por otra parte, cuando en los números se ven propiedades digamos mágicas para las que no se encuentra ningún fundamento, lo que se hace es numerología. Eso no tiene nada que ver con la ciencia, aunque quizá tenga que ver con el chartalismo, o con el charlatanismo. Lamentablemente Crespo a veces deriva hacia ese terreno. Es el caso cuando dice que la URSS desapareció tras trece planes quinquenales, el mismo número de planes quinquenales que China ha tenido hasta ahora (p. 235), y sugiere de seguido, medio en serio medio en broma, que “si se produjera el cambio de régimen político en China durante este Plan quinquenal, ya estarían los partidarios del chartismo histórico salivando y elaborando una regla general: los planes quinquenales nunca pasan de trece”.

China, la economía mundial y las materias primas

Un aspecto muy informativo del libro es el análisis del papel de China en la economía mundial y su influencia clave en la evolución de los precios de las materias primas. Crespo considera que el desplome de la bolsa china, que perdió un 74% en un periodo de doce meses entre 2007 y 2008 tras haberse multiplicado por cinco en los dos años anteriores fue “el fenómeno precursor de lo que vino a continuación”, caída de las demás bolsas, crisis crediticia y recesión global (p. 85). Es un dato más para ver la Gran Recesión que se inició a finales de 2007 como un fenómeno estructural de la economía mundial, no como tantas veces se presenta, como un evento debido a tejemanejes financieros en la economía estadounidense, o donde fuera. Crespo concluye que la combinación de menor crecimiento en años recientes, bajada de tipos de interés y problemas políticos ha provocado una salida de capitales de China y presión sobre el yuan para que se devalúe, vía por la cual los desequilibrios de la economía china se transmiten al resto del mundo (p. 163). Esa afirmación parece discutible, porque hay otros mecanismos que pueden ser mucho más importantes para que la debilidad de la economía china se transmita a la economía mundial. Por ejemplo, una economía china débil deprime los precios de materias primas exportadas por países tan diversos como Rusia, Arabia Saudí, Noruega o Venezuela (petróleo), Australia (minerales) o Argentina (soja). Por otra parte, una economía china débil en la que a la vez hay importantes flujos de capital hacia el exterior puede tener impacto en mercados inmobiliarios y de consumo de países como EEUU o el Reino Unido, donde los millonarios chinos adquieren inmuebles y productos de lujo a una escala considerable. La creciente asertividad de China en sus conflictos territoriales con Japón, Filipinas, Vietnam y otros países puede tener también un componente importante relacionado con la necesidad del gobierno chino, ante las dificultades económicas, de estimular el nacionalismo, único sustento ideológico de un partido comunista que ha echado a la basura todas las ideas de igualdad, internacionalismo y defensa de los asalariados y los oprimidos que históricamente han sido componentes básicos de la ideología comunista. Crespo dice que los objetivos de las autoridades chinas al buscar la inclusión de la moneda china (yuan o renminbi) en la cesta de derechos especiales de giro son tres, primero, obtener la respetabilidad de la moneda china y su convertibilidad plena; segundo, lograr que el yuan sea divisa de reserva de los bancos centrales; y tercero, ir minando la hegemonía del dólar (p. 258). Todo lo cual es perfectamente razonable.

Crespo habla de un ciclo histórico de precios de las materias primas relacionado con la actividad económica global. En su opinión, cada vez que esos precios han caído “con fuerza”, entre uno y cuatro años más tarde se ha iniciado una recesión, una crisis de pagos de los países emergentes, o un desplome de la bolsa (p. 87). Brasil y Rusia han entrado en recesión en 2015 y siguen en ella y todos los demás países emergentes, especialmente los productores de materias primas, pasan por una crisis económica provocada por los bajos precios de esos productos (p. 42). Todo eso es muy plausible de la misma manera que lo es el que la reciente caída de precios de las materias primas tiene mucho que ver con la desaceleración de la economía china desde 2011 (p. 131). Pero dado que la economía china concentra hoy en un grado sustancial la capacidad manufacturera mundial, eso no es sino decir que los precios de las materias primas dependen intensamente de la demanda en la economía mundial, como han puesto de manifiesto por ejemplo las investigaciones de Lutz Kilian o Martin Stuermer. Crespo cree que la bajada de precios de las materias primas no habría generado ya una crisis de pagos de los países emergentes porque en el periodo 2000-2011 dichos países acumularon una enorme cantidad de reservas de divisas (p. 124).

Respecto del significado de una bajada de precio de las materias primas, Crespo afirma que puede indicar (a) que viene una recesión, (b) que ya empezó la recesión, o (c) que ya pasó (p. 140). Así que realmente, no es nada fácil de interpretar. Por otra parte, Crespo dice que la subida de precios de las materias primas puede provocar una recesión (p. 141) y así la subida de precios del petróleo de la guerra de Yom Kipur “contribuyó claramente a agudizar una recesión que ya venía cantada por la caída de la rentabilidad empresarial” (p. 145). Eso de “que ya venía cantada por la caída de la rentabilidad empresarial” es muy confuso, ¿quiere decir acaso que esa caída de la rentabilidad ya estaba desencadenando la recesión y la subida de precios del petróleo solo fue un factor añadido?

Muchos economistas creen que la subida de precios del petróleo explica muchas recesiones, casi todas de hecho en opinión de James Hamilton, ya que hasta en el caso de la Gran Recesión de 2008 pueden citarse precios desusados del petróleo en años previos. Esto es muy conveniente para la ortodoxia económica, que ve al capitalismo como autorregulado de forma eficiente y busca el origen de los trastornos económicos en el ámbito exterior a la economía, por ejemplo en el ámbito político de la OPEP, la Organización de Países Exportadores de Petróleo, y las revoluciones y guerras en Oriente Medio. Sin embargo, un experto en mercados de petróleo, Robert Mabro, afirmó que en realidad la subida del precio del petróleo previa a la recesión mundial de 1975, que muchos llamaron y continúan llamando la primera crisis del petróleo, se explica en gran medida por el aumento de la demanda mundial de petróleo durante los años previos a la crisis. Para Mabro, la OPEP se las dio de haber manejado la situación y los precios con sus cuotas y su embargo, y se ganó así muchos odios. Pero en realidad era la demanda mundial la que estaba determinando la subida de precios.

Un examen cuidadoso de los datos indica que los cambios de precios del petróleo en los últimos cincuenta años se explican en gran medida por los cambios en la relación entre oferta y demanda en el mercado mundial yen las tres últimas décadas los precios del petróleo no parecen tener efecto alguno sobre la economía mundial, mientras que el estado de la economía mundial tiene un efecto intensísimo sobre los precios del petróleo. Crespo afirma de hecho que ha habido “momentos de gran incertidumbre política en los países productores” en los que, sin embargo, el precio del petróleo ha permanecido estable o incluso ha caído. Así la “primavera árabe” se produjo a la vez que el precio caía de forma rápida y sostenida tras haber llegado poco antes a 115 dólares por barril (p. 181). Crespo explica también que la abundancia actual de petróleo ha llevado a precios ruinosos, a inversiones en el sector petrolero congeladas e interrupción de proyectos extractivos en lugares tan distintos como el Ártico y el golfo de México (p. 180). Todo eso es muy pertinente, aunque habría que precisar que la abundancia actual de petróleo es relativa en relación a una demanda que no crece al ritmo que creció por ejemplo en los primeros años de este siglo.

Facilitación cuantitativa, tipos de interés y ahorro mundial

Crespo dedica muchas páginas y gráficos del libro al quantitative easing, que se suele abreviar QE y que podría traducirse (aunque Crespo no lo traduce) como facilitación cuantitativa. Es la política que la Reserva Federal de EEUU y otros bancos centrales han aplicado en años recientes. Se trata de comprar a bancos privados bonos del tesoro u otros activos financieros pagando “en metálico”. Eso “facilitaría” que los bancos prestaran más a otras empresas o a personas privadas, lo que a su vez estimularía la actividad económica. Sucesivas rondas de esta política han sido numeradas, siendo la ronda más reciente QE3 la iniciada por la Reserva Federal de EEUU en 2012. Según Crespo, el oportuno lanzamiento, en septiembre de 2012, de esa tercera ronda de facilitación cuantitativa QE3 “seguramente ayudó a la economía de EEUU a superar el bache en el que ya se había metido por esas fechas” (p. 30). Pero en otro sitio Crespo cuestiona la eficacia de esa forma de política monetaria afirmando que la QE3 de 2012 sobraba y probablemente también sobraba la QE del Banco Central Europeo de 2015 (p. 69). ¿En qué quedamos? Crespo parece contradecirse, pero aclara que es imposible saber qué hubiera pasado si esas políticas no se hubieran puesto en marcha (p. 69).

Para Crespo la facilitación cuantitativa es el último recurso de los bancos centrales cuando los tipos de interés ya están cerca de cero, en cero, o son negativos incluso. En esas circunstancias, dice Crespo, lo único que les queda a los bancos centrales es la compra de activos financieros públicos y privados. “Y puede que también acaben comprando inmuebles o materias primas” lo que llevaría a una especie de resurrección del INI en un modelo económico al que se podría aplicar el calificativo de capitalismo de Estado (p. 73). El INI, el Instituto Nacional de Industria, agrupaba empresas importantes de sectores industriales considerados clave (energía, transporte, minería) en la época del nacional-catolicismo del General Franco. Eran tiempos en los que España se guiaba por modelos económicos corporativos que habían estado en boga en Alemania e Italia en los años treinta y cuarenta. Luego ya vinieron los vientos del otro lado del Atlántico y las mentes biempensantes comprendieron que el Estado no debía ser dueño de empresa alguna que pudiera dar ganancias al capital privado.

Lo que Crespo dice sobre la facilitación cuantitativa proporciona datos muy valiosos y refleja también las muchas dudas que hoy existen sobre dos temas: en primer lugar, en qué medida tales políticas están teniendo un efecto sobre la economía real de los países donde se aplican; y en segundo lugar, cómo podrá evolucionar en los próximos años la política de los bancos centrales, que como consecuencia de las medidas tomadas en años recientes en relación a la Gran Recesión cuentan hoy en sus balances con una enorme cantidad de activos financieros, de los que una parte difícil de estimar tiene un valor dudoso.

Si los tipos de interés tienen o no influencia sobre la economía real es un tema sobre el que tienen opiniones diversas quienes se interesan en lo económico. Crespo parece creer como creen en general los economistas académicos que los bajos tipos de interés estimulan la inversión, el crédito, el gasto, la inflación y la actividad económica en general, mientras que los tipos altos estimulan el ahorro e inhiben el gasto y la inflación. Así dice Crespo que desde 1982 los tipos de interés han estado bajando, lo que dio origen en el mundo “a un periodo de prosperidad sin precedentes,” aunque a la vez hizo aumentar rápidamente el volumen de deuda (p. 202).

En la economía estadounidense, que es la que ofrece más disponibilidad de datos para la investigación, no parece que el cambio de los tipos de interés tenga influencia significativa en la inversión durante el mismo año o los dos o tres años siguientes. Y la inversión, la acumulación de capital, es una variable clave que determina si la economía está o no en recesión. Las estadísticas muestran que el aumento de tipos de interés a menudo predice una recesión en uno o dos años, así los tipos de interés en EEUU (estimados según el descuento en mercados secundarios de bonos del Tesoro a tres meses, que se correlaciona muy estrechamente con el tipo de descuento de la Reserva Federal) aumentaron en 1969, 1974, 1979, 1989, 2000 y 2006 en cada caso anunciando las recesiones respectivas de 1970, 1975, comienzos de los ochenta, 1991, 2001 y 2008. Podría interpretarse que los tipos de interés altos estrangulan la actividad económica, pero otra posibilidad es que el aumento de actividad económica en las últimas fases de la expansión haga que haya más demanda de crédito, sobrecalentamiento y, consiguientemente, decisión de la autoridad monetaria de elevar los tipos. Ello ocurriría entonces cuando la expansión está ya “madura” para venirse abajo. No es que el aumento de los tipos induzca la recesión sino que los tipos aumentan por decisión de la autoridad monetaria cuando la expansión está a punto de dar paso a la crisis.

Crespo explica que los tipos de interés bajos implican problemas graves para las compañías de seguros y para los bancos, que con bajos márgenes de intermediación tienen cada vez más problemas de rentabilidad, lo que intentan compensar con “un empeño cada vez mayor en cobrar comisiones” (p. 160), cosa que es muy cierta.

A partir de 2008 los bancos centrales han comprado deuda pública y otros activos financieros por valor de 15 billones de dólares (p. 203) y eso se añade a la enorme masa de ahorro mundial que ya existía antes de 2008. Para Crespo eso indicaría que aumentó la oferta de deuda, pero a la vez que hubo un aumento incluso mayor de la demanda (p. 203). En todo esto falta contexto, no se hace referencia a la inversión, que es la salida habitual del ahorro, y que ha estado cayendo en la economía mundial. Según datos del Banco Mundial la formación bruta de capital ha tenido una tendencia claramente descendente desde los años setenta, cuando osciló entre 24% y 26% del PIB mundial anual, para luego bajar a niveles alrededor del 21,5% en los años 2000-2007 y caer a 19% del PIB mundial en 2009. Crespo reconoce que hay una enorme masa de ahorro mundial que encuentra desde hace varios años grandes dificultades para obtener rentabilidad. La consecuencia es el fenómeno que describe, el aumento de la demanda de deuda acoplado al aumento de la oferta de deuda generado por la reciente necesidad de los gobiernos de sostener al sector financiero y el gasto público compensatorio de la falta de inversión privada. Crespo no parece conectar ese exceso de ahorro, ese lastre de deuda y de inversión no realizada con las condiciones de crisis de la Gran Recesión y con el crecimiento a tasas ínfimas que desde hace varios años mantiene la economía mundial casi en condiciones de crisis abierta. La enorme masa de deuda pública y privada, los muchos “agujeros” (deudas incobrables como por ejemplo la de Grecia) que tiene hoy el sistema financiero mundial, y las tasas de desempleo todavía muy elevadas en muchos países sugieren que la próxima recesión podría ser particularmente dura.

Ganancia, rentabilidad del capital e inversión

Para Crespo las ganancias, los beneficios empresariales “siempre caen antes de las recesiones. De hecho, podría decirse que son el principal determinante, aunque no siempre que caen se produzca automáticamente una recesión (…) la caída de los beneficios empresariales es una condición necesaria pero no suficiente”. En EEUU los beneficios empresariales subieron entre 2009 y 2014 pero comenzaron a caer en 2015 y a juicio de Crespo eso no significa que la recesión vaya a ocurrir necesariamente de inmediato, porque por ejemplo en 1997 o en 1986 también hubo una contracción de beneficios y no hubo recesión inmediata, “pero es la señal de alarma más importante para ponerse en guardia” (p. 272).

¿Y por qué es así? Crespo no lo dice, pero en la página siguiente afirma que la caída de la inversión empresarial es “una de las razones más poderosas de entre las que suelen llevar a una economía a la recesión” (p. 274). Y poco más allá apunta que “la caída de la inversión empresarial (…) en condiciones de menores beneficios, es de suponer que se acentuará” (p. 281).

Decir que la caída de la inversión es una de las razones que suelen llevar a una economía a la recesión es identificar la causa con el fenómeno mismo, algo así como decir que la parada de la actividad cerebral es una de las razones más poderosas que llevan a la muerte. No es que la caída de la inversión cause una recesión, es que una caída de la inversión es una recesión. Pero la causa que lleva a esa disminución de la inversión es la caída previa de los beneficios empresariales, de las ganancias del capital, que son el motor que mueve la economía de mercado. Los flujos de inversión tienden a producirse y a ser más grandes cuando empresas o particulares que disponen de dinero líquido o de líneas de crédito ven expectativas de ganancia y esto ocurre cuando las ganancias están boyantes o al menos no están disminuyendo. Pero las ganancias tienen un patrón claro a lo largo del ciclo coyuntural, aumentan al final de la fase de recesión haciendo que se abra paso la fase de expansión, y luego disminuyen al final de la fase de expansión, haciendo que caiga la inversión y se desencadene la crisis. Otros fenómenos, como la restricción del crédito en fases de “recalentamiento” de la economía, son subordinados a ese que es el principal. Muchos de estos mecanismos fueron descritos hace mucho tiempo por Karl Marx, Thorstein Veblen, Wesley Mitchell y Jan Tinbergen y se observan claramente en las estadísticas económicas del periodo posterior a la II Guerra Mundial. Claro que la economía académica enseña que los beneficios “en equilibrio desaparecen” y por tanto tiende a ignorar estos fenómenos. Crespo, que claramente los ve, parece tímido en afirmarlos.

Como he mostrado en otro sitio, en EEUU las ganancias empresariales disminuyeron en 1986, pero se recuperaron en 1987 y 1988, volvieron a caer en 1989 y la recesión comenzó en 1990. La recesión que tuvo lugar en 2001 estuvo precedida por una prolongada caída de los beneficios empresariales, que habían estado disminuyendo desde 1998. En la Gran Recesión los beneficios llegaron a un pico en 2006 y cayeron en 2007 y 2008.Estos y otros datos indican que   la caída de los beneficios empresariales se produce por lo general varios trimestres antes de la crisis y puede considerarse como mecanismo clave que explica la caída de la inversión.

Pero la rentabilidad del capital, lo que a veces se denomina tasa de ganancia o tasa de rendimiento del capital, es la ganancia G en relación al capital total K, es decir, G/K. Con un aumento enorme del capital mundial en los últimos treinta años, no es de extrañar que la rentabilidad haya caído. Crespo indica que hemos asistido a 34 años de bajada de rentabilidades (p. 195) y aunque él lo refiere a los tipos de interés, lo cierto es que por lo general los tipos de interés solo pueden ser mayores que la rentabilidad general del capital en periodos concretos de crisis o volatilidad. Esa caída general de los tipos de interés tiene muchos visos de ser también derivada de la caída general de la tasa de ganancia mundial, de la baja rentabilidad actual del capital que algunos economistas reconocen como causa de la debilidad de la inversión. La consecuencia son las grandes masas de ganancia que derivan hacia los mercados bursátiles o inmobiliarios.

Capitalismo de Estado

Que los bancos centrales posean ya una parte importante de la deuda pública y hayan empezado a comprar participación en empresas (por ejemplo el Banco Nacional de Suiza tiene una participación importante en Apple, p. 243) sugiere para Crespo la conformación de una situación de capitalismo de Estado. Crespo especula que las consecuencias de una intervención estatal muy fuerte en la economía en EEUU, la eurozona, el Reino Unido, Japón y por supuesto China, “no se entienden bien pero apuntan a un cambio de régimen económico y en cierto modo político” (p. 245). Crespo da como probable una etapa de capitalismo de Estado en la que “los tipos de interés negativos harán la tarea de destruir el capital que la crisis iniciada en 2007 no destruyó” (p. 314). Esto parece bastante especulativo, pero no se puede negar que Crespo parte de datos reales y atiende a fenómenos nuevos que, desde una perspectiva inmediata plantean muchos interrogantes y dudas. Uno de los aspectos más significativos de la Gran Recesión y la crisis financiera mundial asociada es la íntima compenetración del capital financiero con el poder político. La destrucción de capital es un fenómeno clave de todas las crisis económicas, pero en la Gran Recesión el salvamento de los grandes bancos evitó pérdidas sobre todo a los grandes capitales. En todas las crisis económicas se produce concentración del capital por fusión de empresas y desaparición o absorción de empresas, sobre todo pequeñas y medianas. Y la conexión entre la clase dominante, los grandes bancos y las instituciones del Estado no es ninguna novedad. Sin embargo, en el caso de la Gran Recesión las acciones concertadas de gobiernos y bancos centrales para evitar la destrucción de capital parecen haber tenido características nuevas. Por otra parte, el exceso persistente de gasto público sobre la recaudación tributaria, la asunción cada vez más frecuente de deuda por parte de hogares y empresas, y la adquisición por parte de los bancos centrales no solo de deuda pública sino de activos de empresas y derivados financieros de dudoso valor, antes en manos de la banca privada, ha producido desde que comenzó la crisis en 2008 un cambio monumental en el balance de los bancos centrales y en los niveles de deuda pública y privada. No está claro que eso pueda describirse bien con el término capitalismo de Estado, que en otros tiempos se aplicó a otras cosas, pero en principio mucho de lo que dice Crespo al discutir este fenómeno parece bien razonado, respaldado por datos y digno de consideración.

Predicciones a largo plazo

Quizá para no parecer agorero y pesimista a ultranza, cerca del final del libro Crespo trae a colación la novela El talón de hierro de Jack London y el filme Metrópolis de Fritz Lang (p. 314), pero solo para desechar la posibilidad de un futuro ominoso como el que relatan esas ficciones. Quien haya leído El talón de hierro sabrá que esa ficción está fechada en el año 2600 de nuestra era, que en la novela se dice corresponderá al año 419 de la Era de la Hermandad Humana, establecida una vez que, tras un periodo de terribles luchas, el capitalismo ha sido abolido y sustituido por un sistema cooperativo, socialista.

Casi al final del libro, Crespo afirma que tras la recesión que prevé para el 2017, de la que solo dice que se acabará pronto, habrá un periodo de prosperidad, “un largo periodo expansivo”, que durará hasta 2035 (pp. 314-318). Pero, ¿por qué la recesión que comenzará ben 2017 se acabará pronto? ¿Por qué habrá luego un periodo de prosperidad de más de veinte años hasta 2035? ¿De dónde salen todos estos pronósticos optimistas que no se fundamentan? Lamentablemente, las alusiones a mitologías y religiones con las que el libro concluye parecen una forma elegante de escabullir el bulto, una vez que se han hecho pronósticos especulativos cuyos fundamentos quedan en la oscuridad.

En una entrevista con el Gran Wyoming hace dos años Crespo afirmó que la globalidad de los mercados y el carácter local de los gobiernos indican la necesidad de un gobierno mundial y que, de hecho, las acciones de política fiscal acordadas por el G20 en 2008, y puestas en marcha por gobiernos y bancos centrales de muchos países fueron un conato de una política económica mundial (todo esto suene mucho como lo que Michael Spence propuso en 2011, en un libro que fue traducido como La convergencia inevitable ). Crespo especula también con la posibilidad de un Tesoro único europeo para 2017 (p. 316). Como otros pronósticos de Crespo, estos parecen deseos improbables más que realidades potenciales, tanto más cuando el Brexit ha mostrado cuan intensas son las tendencias centrífugas de la UE. En cuanto al rol del G20 como gobierno mundial, las tensiones entre Rusia, EEUU y China por temas y conflictos diversos (expansión de la OTAN, Ucrania, Siria, islas Paracelso) no parecen dejar mucho margen para que estos veinte países puedan tener colectivamente un papel siquiera incipiente de gobierno mundial. Los fenómenos que señala Crespo son reales y la tendencia de alguna forma existe, pero en los últimos dos o tres años parecería que se ha esfumado.

En todo el libro Crespo no dice nada del agotamiento de los recursos naturales, tema clave de cara a un futuro no muy lejano. Claro que con precios de materias primas y petróleo por los suelos puede pensarse que preocuparse por ese agotamiento es una tontería. Pero si las cosas se miran con más atención, muchos datos sugieren que, de hecho, en décadas recientes en la capacidad de extracción de petróleo no hay holgura para responder a la demanda cuando esta se remonta en una expansión mundial, lo que hace que se disparen los precios más que la oferta. El otro asunto importantísimo para el futuro, y cada vez más para el presente, que Crespo tampoco menciona, es el calentamiento atmosférico terrestre y el cambio climático. Quizá no lo ve como problema o piensa en su optimismo irreductible que será fácil de resolver, como todo lo demás.

Otros temas

Resulta sorprendente lo poco que Crespo dice de la economía española en un libro como este, destinado al público español. Crespo afirma casi de pasada que preferentistas y tenedores de obligaciones subordinadas de cajas de ahorros tuvieron que asumir pérdidas (p. 52) en la crisis, pero no dice casi nada de las características de la reciente reactivación económica, que resulta innegable y que desde 2015 ha hecho que, aunque poco, el desempleo haya disminuido. Un aspecto que parece básico en esa recuperación del crecimiento en la economía española es que las importaciones, que hasta hace pocos años sobrepasaban a las exportaciones, son ahora menores que estas, de forma que el país ha dejado de ser importador neto para convertirse en exportador neto. Esto hace que la economía española sea muy dependiente de la economía mundial, ya que esas exportaciones que están constituyendo demanda para las empresas radicadas en España previsiblemente sufrirán una reducción intensa tan pronto como la economía internacional se debilite.

Crespo hace algunas especulaciones muy de pasada sobre la renta básica de la que dice que ya está en proceso de implantación, por ejemplo en Finlandia y en Suiza (p. 315), donde tiene ya fecha el referéndum para su aprobación. Eso es cierto, claro, pero dicho sea de paso, contra las previsiones de Crespo el referéndum que tuvo lugar el 5 de junio en Suiza rechazó la implantación de esa renta.

Crespo trata a veces temas históricos de forma muy cuestionable. Discutiendo las relaciones entre oscilaciones de los mercados y conflictos bélicos, Crespo dice que las guerras no se inician “sin romper relaciones diplomáticas ni proceder a la expulsión de los embajadores” (p. 115). Esa afirmación obviamente no tiene en cuenta el ataque japonés a Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941, que llevó a que EEUU entrara en la II Guerra Mundial y que tuvo lugar sin expulsión de embajadores ni ruptura de relaciones diplomáticas. Que Crespo no indique sus fuentes o las dé de forma muy genérica hace que en más de una ocasión surjan dudas sobre si es que está mal informado o está usando información de fuentes poco fiables.

Desde el punto de vista editorial el libro es pasable, aunque en algunos aspectos Crespo no parece haber contado con suficiente apoyo. Un buen editor hubiera evitado que en el libro aparezcan frases “feas” (“La importancia de mantener la confianza internacional en el servicio de la deuda es de extrema importancia”, p. 104) o repeticiones de la misma idea varias veces (como la mención de los precios negativos del petróleo en Dakota del Norte en pp. 180, 213, etc.), o que en muchos casos el material gráfico no esté presentado con la claridad que sería deseable. En bastantes gráficos no está claro qué mide el eje vertical y en el gráfico 12.4 no hay eje horizontal. En gráficos que parecen presentar datos mensuales (por ejemplo, el 15.4) los meses a menudo no están indicados, con lo que no se sabe exactamente dónde comienza el año y el gráfico resulta ambiguo.

Es loable el esfuerzo de Crespo en el libro por aclarar la jerga económica y financiera, por ejemplo explayándose sobre los errores de traducción que se ven en los mercados financieros y en la prensa que informa sobre ellos (p. 108). Los trillions ingleses no son trillones en español (son billones), de la misma manera que los billions no son billones (sino miles de millones). Esto son obviedades para quien esté al tanto de estos temas, pero puede no estar de más repetirlo como hace Crespo, porque los errores se cuelan una y otra vez en las traducciones malas que inundan periódicos y medios de comunicación en general.

Conclusión

Bajo un título con gancho de mercado que pronostica un fenómeno económico ominoso para el año que viene, este libro de Crespo podría verse como una discusión relativamente desorganizada del problema de si pueden preverse las crisis. En lo fundamental, la respuesta de Crespo es que sí, porque a su juicio los fenómenos económicos son en gran medida cíclicos. A esa respuesta hay que ponerle muchos peros. Wesley Mitchell es un autor clave de los que estudiaron la alternancia de la economía capitalista entre periodos de prosperidad y periodos de crisis, el business cycle. Mitchell definió ese “ciclo” como un fenómeno recurrente de forma no periódica, con una duración que varía entre más de un año y diez o doce años, en el cual las expansiones más o menos simultáneas en los distintos sectores de la economía son seguidas por contracciones igualmente simultáneas que dan paso a una nueva expansión. La historia económica de los dos últimos siglos prueba de sobra que el ciclo económico no es realmente cíclico, sino irregular. Eso hace que las predicciones sean siempre tentativas. Pero ciertamente, aparte de la mera periodicidad media, hay otros fenómenos a los que prestar atención. Dado que nuestro sistema económico se fundamenta como vieron Karl Marx, Thorstein Veblen, Rosa Luxenburg, Wesley Mitchell y otros muchos, en la producción de ganancia, las estadísticas de esa variable son especialmente importantes para hacer previsiones tentativas de la evolución coyuntural de la economía. Crespo es consciente de ello, aunque no lo enfatiza demasiado en este libro que, a pesar de contener especulaciones notables y pronósticos infundamentados, contiene también mucho material valioso y digno de consideración.

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=214475

“El capitalismo se encuentra en su hora final”

Entrevista al economista Jorge Beinstein


Destacado economista marxista, especializado en prospectiva y economía global, Jorge Beinstein es Doctor en Ciencias Económicas de la Universidad de Franche Comté-Besançon, Francia, y actualmente profesor emérito de la Universidad Nacional de La Plata, Argentina, donde dirige el Centro Internacional de Información Estratégica y Prospectiva (CIIEP). Ha sido académico en importantes universidades de Europa y América Latina, donde también ha dirigido relevantes proyectos de investigación. Entre sus últimos libros destacan: Comunismo o Nada, La ilusión del metacontrol imperial del caos: La mutación del sistema militar de los Estados Unidos,Capitalismo del siglo XXI, y Crónica de la decadencia: Economía global 1999-2009. Sus trabajos se pueden leer en la web beinstein.lahaine.org.

-¿Cuál es su opinión sobre Chile? Vivimos la doctrina del shock impuesta por la dictadura, el neoliberalismo salvaje, el extractivismo y endeudamiento, la despolitización…

-Creo que Chile nunca ha podido superar la tragedia del 11 de Septiembre. La dictadura remodeló a la sociedad chilena. No es el único caso, también en Argentina la dictadura cívico-militar instaurada en 1976 produjo degradaciones culturales y estructurales que han perdurado hasta hoy. Después de Pinochet ustedes han pasado a una suerte de democracia limitada comprimida por el modelo neoliberal que pudo instalarse y reproducirse como parte de una división internacional (colonial) del trabajo, de una economía global hegemonizada por los Estados Unidos pero que actualmente se está deteriorando rápidamente. Caen los precios de las materias primas sin perspectivas de repunte significativo y durable, eso afecta de manera decisiva al modelo neoliberal chileno.

La burguesía chilena creía que la masacre pinochetista y sus prolongaciones económicas y culturales ‘democráticas’ extirparían por completo la memoria histórica popular, bloquearían para siempre el surgimiento de alternativas antisistema. Es la eterna ilusión de los contrarrevolucionarios siempre desmentida por la realidad. América Latina vive actualmente una época oscura, de arremetidas derechistas, pero también de putrefacción capitalista, entonces lo que parecía imposible, las aspiraciones revolucionarias, puede reaparecer. Las latencias, las memorias subterráneas que se reproducen de manera invisible pueden converger con nuevas formas de crítica teórica y de lucha práctica hasta conformar una avalancha social. Dicha posibilidad no debe ser descartada sino más bien alentada. La evolución de la crisis global y regional abre esa perspectiva”.

Zarpazos de la lumpenburguesía

-¿Qué ocurre en Argentina tras la llegada de Macri al gobierno y cómo caracterizaría sus decisiones?

-Ha significado un violento giro hacia la derecha más extrema del arco político argentino. A los pocos días de asumir se produjeron transferencias de ingresos hacia las elites económicas que por su magnitud y velocidad no tienen precedentes en la historia económica argentina. Esto ha causado una fuerte contracción del mercado interno y en consecuencia la llegada de la recesión. El FMI pronosticó a comienzos de año una caída real del Producto Interno Bruto para 2016 del orden del 1%, aunque viendo lo que ya ha ocurrido en el primer cuatrimestre podemos hablar de un descenso superior al 3%, más allá de lo que anuncie en el futuro el gobierno a partir de cifras manipuladas. Desde la llegada de Macri, se ha producido un apagón estadístico. No se suministran más las cifras oficiales de desocupación, inflación y otros indicadores. No descarto la posibilidad de una suerte de híper-recesión si el gobierno no llega a controlar la dinámica depresiva que ha generado.

Entre los especialistas se discutía en los primeros meses acerca de cual era realmente el modelo económico macrista. Las decisiones económicas han sido tan salvajes, las contradicciones tan evidentes, el desastre tan grande que no cabe pensar que estamos ante un plan estratégico coherente apuntando a una reconversión capitalista de largo plazo, aunque sea oligárquica, sino ante un saqueo donde cada grupo dominante saca su tajada sin importarle lo que vaya a ocurrir en el futuro. Marchamos hacia una crisis de gobernabilidad impulsada por fuerzas entrópicas que se han desatado al derrumbarse el kirchnerismo. Las clases dominantes argentinas operan como una suerte de lumpenburguesía, de burguesía depredadora altamente destructiva. El fenómeno forma parte de un proceso global del mismo signo”.

-Háblenos de la “lumpenburguesía global dominante”…

-Tendríamos que arrancar desde los 70 cuando a partir de la estanflación la recuperación posterior se produjo con tasas de crecimiento económico global declinantes. Esa tendencia de largo plazo fue acompañada por una expansión de los negocios financieros que terminaron por financierizar al sistema mundial de tal manera que hacia 2008 la masa financiera mundial representaba unas veinte veces el Producto Bruto Global (PBG), solo los productos financieros derivados equivalían a unas 11 veces el PBG. El fenómeno forma parte de un proceso más amplio de ascenso del parasitismo como componente hegemónica del sistema capitalista mundial que por supuesto incluye también a la hipertrofia militar, a la narco-economía, al consumo suntuario de las élites globales y su plataforma productivo-comunicacional, etcétera. Se trata de un fenómeno originado hace casi medio siglo pero que en el siglo XXI se manifiesta como una mutación integral del sistema, como la transformación de su núcleo central dominante en una casta parasitaria. En ese sentido es posible establecer paralelismos con otras decadencias civilizatorias como por ejemplo la del Imperio Romano, etapa superior y final de la llamada civilización greco-romana.

La lumpenburguesía -hoy dominante a escala global con centro en el Imperio estadounidense-, es decir, una burguesía degenerada, parasitaria, marca un salto cualitativo en la trayectoria universal del capitalismo, así como la aristocracia militar-consumista de la decadencia imperial fue el resultado de la mutación terminal de Roma.

-Usted señala una crisis de la financierización de la economía mundial y que el Imperialismo despliega como último recurso la “Guerra de Cuarta Generación”: destruir las sociedades periféricas para convertirlas en zonas de saqueos. ¿Podría caracterizar esto y ampliar su visión?

-La crisis de 2008 marcó el fin de la expansión acelerada de la trama financiera global, la misma fue una suerte de droga que permitió endeudarse a estados, empresas y consumidores de los capitalismos centrales, pero el ciclo del endeudamiento impune llegó al límite, la explosión de la mega burbuja inmobiliaria fue el punto de inflexión del sistema. Entonces los estados imperialistas realizaron enormes transferencias de fondos hacia los grupos financieros tratando, con éxito, de evitar su derrumbe. Pero no fue más que un parche y no la superación de la crisis.

En 2001, por ejemplo, los negocios con productos financieros derivados, la columna vertebral de la red especulativa global, acumulaban unos 95 billones (millones de millones) de dólares equivalentes a unas 2,8 veces el PBG. En 2005, llegaban a unos 280 billones (unas 6 veces el PBG), y a mediados de 2008, poco antes de la crisis alcanzaban cerca de 680 billones (11 veces el PBG). Se trataba de un crecimiento exponencial, pero a partir de ese momento esa masa especulativa dejo de expandirse, se volvió inestable y desde 2014 se fue desinflando velozmente. Entre fines de diciembre de 2013 y fines de diciembre de 2015 la contracción fue del orden del 30%. En 24 meses se esfumaron unos 220 billones de dólares… ¡Equivalentes a casi tres veces el PBG!

Hasta la crisis de 2008 la expansión financiera operó como una suerte de impulsor inflacionario de la economía mundial. Desde 2014 la contracción financiera opera como un motor deflacionario que empuja hacia abajo a la economía. Dicho de otra manera, en una primera etapa se desarrolló un círculo aparentemente virtuoso (en realidad perverso) donde las deudas crecientes y las ganancias especulativas inflaban el consumo de los países ricos, sus gastos estatales (especialmente los gastos militares), sus innovaciones tecnológicas, sus actividades productivas, lo que a su vez engordaba a la especulación financiera. Pero el funcionamiento de dicho mecanismo produjo finalmente un círculo vicioso depresivo donde la sobrecarga financiera comprime a la economía lo que a su vez deteriora y desinfla a la especulación. Nos encontramos ante la declinación turbulenta de un ciclo parasitario, la más grave crisis de toda la historia del capitalismo.

Si observamos lo sucedido con otras civilizaciones, vuelvo al caso romano, comprobaremos que cuando la pérdida de dinámica llega a un cierto punto la elite dominante trata de utilizar al máximo su último recurso: la fuerza militar. En nuestra civilización burguesa el Imperio -Estados Unidos y sus aliados vasallos occidentales-, intenta saquear al resto del planeta para así postergar su caída. El objetivo es apoderarse y agotar los recursos naturales de la periferia, marginar completamente a sus habitantes o súper explotarlos según los casos. Se trata de un megaproyecto estratégico tendiente a reducir drásticamente sus costos periféricos (mano de obra, insumos mineros y agrícolas, etcétera). Libia, Irak, Ucrania, Afganistán, Siria… nos muestran al Imperio destruyendo sociedades pero sin poder remplazar lo destruido por un nuevo orden colonial, lo que se instala es el caos porque lo que emerge no es una nueva división internacional del trabajo sino la decadencia global. La crisis del Imperio acentúa su locura belicista la que a su vez agrava la crisis”.

Progresismos y capas medias

-Los “progresismos” latinoamericanos parecen desgastados. ¿Cuál es su opinión sobre lo que ocurre en Honduras, Paraguay, Bolivia, Ecuador, Venezuela, la caída del kirchnerismo, las negociaciones de paz en Colombia y la “normalización” de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos?

-Los progresismos latinoamericanos, desde sus versiones más conservadoras como la del Frente Amplio de Uruguay hasta las más radicalizadas como la de Venezuela intentaron reformar los sistemas capitalistas existentes, en algunos casos para humanizarlos, mejorarlos socialmente y en otros para superarlos gradualmente, no se produjeron revoluciones sino reformas más o menos audaces. Esas experiencias pudieron aprovechar la efímera mejora del comercio internacional de materias primas para combinarla casi siempre con ampliaciones de los mercados internos, sobre todo expandiendo el consumo popular. También aprovecharon el retroceso geopolítico del Imperio para construir políticas relativamente autónomas. Pero eso se fue agotando al profundizarse la crisis global a partir de 2008 y sobre todo desde 2014 cuando cayeron los precios de las materias primas a lo que se agregó una ofensiva muy fuerte de los Estados Unidos reconquistando su patio trasero latinoamericano. La misma comenzó desde la llegada de Obama a la Casa Blanca desplegando un complejo y flexible abanico de intervenciones, desde los ‘golpes blandos’ como en Brasil, Honduras, Paraguay y Argentina hasta acciones desestabilizadoras como en Venezuela pasando por el intento de abrazo-de-oso a Cuba y siguiendo por el plan de desarme de la guerrilla colombiana. En este último caso los Estados Unidos intentan lograr la rendición negociada de la insurgencia a través de una sofisticada trama envolvente de presiones directas e indirectas, anzuelos seductores y golpes bajos. Se trata de un juego típico de la llamada Guerra de Cuarta Generación destinada a someter a la insurgencia a una dinámica aparentemente de asimilación al sistema, realmente de destrucción, empezando por sus fundamentos ideológicos revolucionarios hasta llegar a su extinción estructural.

En su ofensiva contra el progresismo los Estados Unidos cuentan con la colaboración de las burguesías latinoamericanas completamente transnacionalizadas. Lumpenburguesías periféricas arrastrando a importantes segmentos de las capas medias.

-¿Se derechizan las capas medias latinoamericanas? ¿Neofascismo? ¿Contrarrevolución? ¿Qué ha contribuido a que el fenómeno ocurra?

-Lo que muestran países como Brasil, Argentina, Bolivia o Venezuela en su primera etapa próspera es que la prosperidad y la gobernabilidad del sistema no solo reanimaron la voracidad de las elites locales sino que además ‘aburguesó’ a las capas medias ascendentes, ayudó a su integración ideológica con la cima, depredadora, lumpenburguesa, del capitalismo local buscando al mismo tiempo diferenciarse de la clases bajas también ascendentes. Los medios de comunicación concentrados cumplieron un rol decisivo en ese proceso inyectando odio social en un espacio fértil para eso, asociando justicia social con despilfarro, democratización del poder político con corrupción, etcétera. Este brote de irracionalidad pequeñoburguesa forma parte de un fenómeno más amplio, global, de fascistización, que se extiende por Europa e incluye fenómenos como el del llamado ‘Estado Islámico’ en Oriente Medio. Los neofascismos centrales y periféricos aparecen como respuestas reaccionarias a la crisis produciendo a veces contrarrevoluciones no porque hayan existido tentativas revolucionarias reales sino precisamente por la ausencia de revoluciones antisistema capaces de superar la degradación capitalista.

De todos modos la instalación de regímenes reaccionarios no significa el comienzo de una nueva gobernabilidad de tipo elitista y colonial sino la instalación de mecanismos de saqueo que profundizan las crisis. Es lo que se constata en casos como los de Argentina, Brasil o Paraguay y en lo que podría llegar a ser una victoria neofascista en Venezuela.

BRICS y petróleo

-¿Estados Unidos va por el BRICS?

-Evidentemente sí, y acaba de obtener su primer éxito en Brasil. Pero su mega-estrategia global apunta contra China y Rusia. Ambas potencias han constituido una alianza estratégica de largo alcance que va desplazando a los Estados Unidos de Asia, estableciendo puentes importantes con Africa y América Latina. La intervención de la OTAN en Libia y otras en el resto de Africa así como la ofensiva imperialista en Latinoamérica pretenden entre otras cosas frenar la creciente influencia de China y Rusia. El problema del Imperio es que no tiene qué ofrecer a cambio del mercado chino a países como Brasil o Argentina, solo ofrece promesas de ‘inversiones’ mientras realiza o trata de realizar saqueos.

-Estados Unidos intenta apoderarse de las reservas de petróleo y gas mundiales: Afganistán, Irak, Siria, Libia, Ucrania, Yemen… ¿Venezuela?

-Uno de los temas decisivos de la disputa geopolítica euroasiática es el de la guerra energética donde las reservas de gas y petróleo ocupan un lugar central, el control de esas reservas pero también el del transporte: gasoductos y oleoductos, canales, estrechos y otras posiciones estratégicas. Por ejemplo en Asia, y sobre todo en la zona del Golfo Pérsico y de la Cuenca del Mar Caspio, está algo más del 65% de las reservas petroleras globales. Esa pelea se extiende hacia Africa en Nigeria y Angola y hacia América Latina, donde Venezuela ocupa un lugar decisivo con el 20% de las reservas mundiales de petróleo.

Aunque el precio del petróleo está bajo también es verdad que la producción global de petróleo convencional está planchada desde hace casi una década. La irrupción del petróleo de esquisto de Estados Unidos amplió el volumen extraído pero se trata de recursos limitados que en pocos años más -a comienzos de la próxima década- llegará a su máximo nivel y empezará a declinar. Obviamente el dominio de las principales fuentes energéticas permitiría a los Estados Unidos ponerle un pie en el pescuezo de China y otro en el de Europa y jugar al gato y el ratón con el competidor ruso haciendo subir y bajar los precios según su voluntad. Pero Estados Unidos no está ganando esa guerra: no pudo doblegar a Irán, gran exportador energético, no pudo desestabilizar a Rusia, otro gran productor, haciendo saltar por el aire la convergencia ruso-china, y hasta ahora no ha sometido a Venezuela.

-¿Qué piensa que ocurrirá con China y Rusia en las próximas décadas?

-Tanto China como Rusia pudieron emerger como grandes potencias aprovechando el último gran auge de la economía capitalista global. Rusia como potencia energética-militar y China como potencia industrial. En ambos casos las exportaciones hacia los países ricos fueron los motores de la prosperidad. Pero esa etapa global ha concluido. Los mercados desarrollados se comprimen y los Estados Unidos -liderando a la OTAN- acosa a esas naciones emergentes tratando de capturar grandes reservas de materias primas y quebrar el poderío militar en el caso ruso, y en el caso chino intentando esclavizar a la más grande clase obrera industrial del planeta: 250 millones de trabajadores, y subordinar a ese temible competidor financiero e industrial pero también tecnológico y con cada vez mayor capacidad militar. Liquidar la alianza estratégica ruso-china es el objetivo mayor de Occidente.

Pero por otra parte los capitalismos ruso y chino no están fuera de la crisis global, forman parte de ella, son afectados por sus turbulencias, sus contracciones comerciales. Tratan de desacoplarse parcialmente de la decadencia mundial atrincherándose en el espacio euroasiático. El proyecto de la Nueva Ruta de la Seda, una gigantesca red de transporte marítimo y terrestre uniendo a los países de la región, constituye una de sus más grandes esperanzas. Lo que muestra la realidad es que no pueden escapar del desorden global, después de todo esas dos naciones protagonizaron en el siglo XX las dos más grandes tentativas de superación del capitalismo. La inviabilidad histórica del nacionalismo burgués en la era del capitalismo globalizado, aunque se trate de grandes países, abre allí la posibilidad de reintentar nuevamente tomar el cielo por asalto”.

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