Apuntes para un latinoamericanismo socialista

 

Democracia Socialista

 

 

Aspectos programáticos e identitarios del latinoamericanismo

En nuestro subcontinente, la apelación a cierto ideario latinoamericanista constituye una marca ineludible y necesaria en la cultura política de la izquierda. La reflexión sobre las condiciones específicas en las que nos orientamos políticamente, así como la recuperación activa de las peculiaridades de nuestra historia regional, sus identidades, utopías y gestas históricas, son indispensables para la construcción de un perfil político capaz de desarrollo e inserción social. Sin embargo, el latinoamericanismo, ancho de márgenes, se presenta algo vago a la hora de la elaboración programática y exige algunas clarificaciones. Este concepto político reúne un conjunto difuso de convicciones militantes donde se anudan desde intuiciones programáticas sobre las condiciones de disputa y construcción socialista en la periferia, hasta rasgos identitarios en torno a la simbología y los valores de la izquierda regional. El latinoamericanismo es heterogéneo en su interior: puede abarcar desde nacionalismos estatalistas y modernizantes hasta ideologías indigenistas de ribetes antimodernos y refractarias ante el estado. Diversos feminismos populares, movimientismos sociales construidos “desde abajo”, así como neodesarrollismos propulsores del capitalismo periférico y populismos gubernamentales, todos ellos pueden reivindicarse como latinoamericanistas. Para formular una apropiación seria sobre la significación del latinoamericanismo en la izquierda es necesario, por lo tanto, separar cuidadosamente la paja del trigo: ¿de qué latinoamericanismo estamos hablando? ¿Cuál queremos reivnidicar?

No pretendo articular una discusión exhaustiva de las corrientes y propuestas que, desde la izquierda, se reivindican como latinoamericanas, porque sería imposible en los límites de este pequeño ensayo. En cambio, voy a tratar muy rápidamente tres problemáticas que se entrecruzan, a veces de manera confusa, cuando se enarbola el tema: la especificidad de la realidad social latinoamericana, la vinculación histórica entre capitalismo y racismo y la necesidad de dialogar con las identidades populares subyacentes en la construcción política socialista. En los tres casos, trataré de esbozar una reflexión latinoamericana, pero situada en la realidad argentina, preguntándome por los usos del latinoamericanismo contemplando las peculiaridades nacionales. El objetivo del trabajo es colaborar brevemente con la formulación programática de un latinoamericanismo socialista.

¿Existe una especificidad de la realidad social latinoamericana?

En primer lugar, es necesario aclarar en qué sentido podemos hablar de una especificidad social de Latinoamérica como región. Es importante, manteniendo la adecuada crítica a los reduccionismos eurocéntricos, discutir la visión exagerada según la cual la realidad social latinoamericana sería radicalmente específica (frente a la europea o norteamericana) y a la vez fundamentalmente homogénea (o, al menos, lo bastante como para que las diferencias entre los contextos nacionales dentro de Latinoamérica pesen mucho menos que las discrepancias de conjunto entre el subcontinente y el centro global). Esta visión suele considerarse como el fundamento de una propuesta de integración regional que permitiría lograr una mayor independencia frente a los Estados del centro y los vaivenes del mercado mundial. La unidad latinoamericana sería entonces una precondición para el despliegue de una política independiente, sea de carácter nacional-reformista o socialista revolucionario. Al mismo tiempo, el argumento de la especificidad latinoamericana se utiliza a veces, de manera poco feliz, para descartar en bloque las formulaciones estratégicas de la izquierda “europea”, enarbolando su presunta inadecuación para el contexto regional. El primer punto (la necesidad de la unidad latinoamericana), sin embargo, no se deriva necesariamente de la tesis de la homogeneidad regional: tal unidad podría ser resultado de una política que dé cuenta de las diferencias de envergadura entre contextos nacionales diversos. El segundo punto, si bien tiene algún valor para cuestionar la implantación dogmática de programas políticos elaborados a distancia, lleva a un dogmatismo de nuevo tipo. El esencialismo latinoamericanista borra las diferencias locales y nacionales y se utiliza para impugnar de plano la articulación de categorías analíticas imputadas como “europeas” (en particular, marxistas) para comprender la realidad local, que les sería –se dice– fundamentalmente refractaria.

Es preciso, por lo tanto, dar cuenta de la especificidad de Latinoamérica como región pero al mismo tiempo precisar las condiciones en las que se habla de esa especificidad, precisamente para evitar la construcción esencialista de una unidad cultural o social de la región que no resiste la confrontación empírica ni el análisis teórico. Latinoamérica incluye una pluralidad de realidades nacionales, sub-regionales y locales demasiado diferentes entre sí como para reducirlas a una narrativa excesivamente homogénea. Desde países semi-industrializados con una clase trabajadora importante hasta sociedades marcadamente indígenas y campesinas, desde débiles economías rentistas hasta proto-potencias emergentes, el subcontinente encierra una multiplicidad de realidades que, allende las continuidades significativas, es abusivo homogeneizar en un relato unitario demasiado apresurado. La unidad latinoamericana puede ser un proyecto político, pero ciertamente no expresa una realidad sociológica homogénea, a pesar de importantes continuidades, de las que hablaré enseguida. Es posible hacer una serie de generalizaciones relevantes sobre los Estados capitalistas periféricos y particularmente sobre la región. También es justo y legítimo plantear la unidad de Latinoamérica como un paso estratégico necesario en el proyecto internacionalista del socialismo. Pero también es necesario no caer en un esencialismo que ignora la heterogeneidad interna de nuestras realidades, claro.

Creo que las peculiaridades de las realidades latinoamericanas, sin pretender difuminar matices y a sabiendas de que esto puede resultar reduccionista, se pueden reconstruir desde dos ejes: primero, lo que Zavaleta Mercado llamó abigarramiento, la existencia persistente de realidades sociales heterogéneas en el contexto de un mismo Estado; segundo, la situación de dependencia de los países del capitalismo periférico, que implica una inserción subalterna en el mercado mundial. Sin agotar el problema de la especificidad latinoamericana con estos dos escuetos ejes, creo que, a los fines de una apropiación militante de cara a la construcción programática, es posible sostener este enfoque dual.

Voy a comenzar por el segundo eje, referido al carácter subordinado de los países periféricos en el mercado mundial. Este plano de análisis responde a la organización sistemáticamente contradictoria del capitalismo global (que homogeneiza y fragmenta, unifica de manera violenta pero divide en desigualdades terribles). Este eje es en principio abordable desde los contornos de categorías marxianas de la crítica de la economía política que se fijan en los movimientos y contradicciones generados por el capital en su autodespliegue. Se trata de las peculiaridades de las realidades latinoamericanas que son producidas por el movimiento inmanente del capital. Diferentes Estados poseen las particularidades resultantes de distintos tipos de inserción en el mercado mundial, sin que eso justifique que leamos en términos exotistas u “orientalistas” la realidad latinoamericana. En este punto, la región configura un partícipe subalterno y diferenciado, pero un partícipe al fin, de la modernidad del capital. Las categorías de la crítica de la economía política articuladas en la tradición marxista, en este respecto, son básicamente adecuadas para comprender a la región. Para explicar el carácter dependiente de los Estados regionales debemos comrenderlos como realidades capitalistas cuyas peculiaridades se derivan de su específica inserción en el mercado mundial. Esto significa que el marxismo, si abandonamos las interpretaciones dogmáticas de cierta oxidada ortodoxia, el marxismo comprendido en forma amplia como teoría crítica de la sociedad moderna, permanece como un marco de análisis adecuado para comprender este aspecto de la realidad latinoamericana.

Es fundamental romper con una visión historicista del desarrollo social y político regional. Según esta visión, los Estados latinoamericanos serían simplemente “menos modernos” que los Estados del centro en virtud de su relativo atraso en el desarrollo. Esta mirada postula un curso unilineal y universal del proceso histórico que debería ser recorrido por igual en todas partes y donde algunos Estados se habrían desarrollado más rápidamente que otros. Los países del centro expresarían entonces el futuro ineluctable y/o deseable de los países de la periferia, marcando un curso de desarrollo para éstos. Esta visión progresista e historicista lleva a leer la realidad periférica en términos de atraso, gestando una política ingenua de propulsión del desarrollo capitalista que desconoce cómo algunas particularidades de los Estados periféricos se deben precisamente a su tipo de inserción en el mercado mundial y, por lo tanto, a su peculiar forma de participación en el capitalismo mundializado. No se trata de realidades “menos” modernizadas que las del centro, sino de realidades plenamente modernas, pero sistemáticamente subalternizadas en la modernidad del capital. La visión historicista, sin embargo, también opera, menos explícitamente, en cierta contraparte romántica, que ve en Latinoamérica un reservorio de identidades precapitalistas que harían las veces de “resistencia” frente a la penetración del capital. Esta mirada lleva a la afirmación ingenua de presuntos valores originarios e identidades telúricas, desconociendo también el nivel de impregnación de las categorías sociales capitalistas en la región. En ambos casos se ignora que las formaciones sociales periféricas no sufren de un déficit de modernización (se lo valore positiva o negativamente) sino que configuran ya sociedades modernas, estructuradas de manera particular en función de su tipo específico de inserción en el mercado mundial. El carácter de capitalismo periférico de la realidad latinoamericana es, pues, el que explica tanto su singularidad por oposición al centro como su permeabilidad a las categorías analíticas marxistas de la crítica de la economía política.

Para analizar la dependencia estructural de muchas realidades latinoamericanas es preciso partir de una tendencia general y contradictoria de la lógica del capital: la simultánea homogeneización y fragmentación de la vida social, que incluye tanto la creación de diferencias como de desigualdades bajo el despliegue totalizador del valor que se auto-reproduce. Por un lado, el capital es un gigantesco agente de homogeneización: lo subsume todo bajo los imperativos de la acumulación y la explotación del trabajo asalariado. Transforma cada vez más aspectos de la vida en mercancías, modifica los procesos de trabajo para adecuarlos a las necesidades de la valorización, convierte el conjunto de la naturaleza en recurso disponible para ser explotado y coloniza no sólo territorios, sino también esferas de la coexistencia colectiva, tornándolos en ámbitos donde desplegar su lógica de auto-reproducción. Al mismo tiempo, en una diversidad de aspectos, el capital aparece como creador y propulsor activo de diferencias, fragmentaciones, multiplicidades y, también, desigualdades. El capital desintegra tendencialmente a las sociedades tradicionales, con sus pautas heredadas de vida, refuncionalizándolas como opciones de comercialización y consumo diversificadas. Avanza sobre las formas de producción precapitalistas, reorganizando el trabajo en función de sus propias necesidades abstractas, pero también transformando las formas de producción. El desarrollo del mercado mundial no es la excepción a este proceso dual. De un lado, se trata de un gigantesco movimiento de homogeneización, que a partir de los años noventa ha llegado a ser verdadera y completamente planetario. Con la reconversión capitalista de China, la caída de la URSS y la cabal inclusión de los Estados periféricos en el mercado mundial, el capitalismo se ha vuelto al fin completamente global. Este gigantesco proceso de homogeneización y subordinación del mundo entero implica, obviamente, una universalización de las contradicciones dinámicas que motorizan al capitalismo, esto es, el antagonismo entre el capital y el trabajo y la discrepancia creciente entre los resultados históricos del propio movimiento del capital y las condiciones de la valorización. La expansión del capital al globo, sin embargo, también crea activamente diferencias, fragmentaciones y desigualdades. El capital completamente mundializado profundiza las barreras sociales, económicas y políticas entre el centro y la periferia, generando nuevas formas de dominación imperialista sobre esta última. En otras palabras: la dependencia económica de Latinoamérica no es una marca de atraso o déficit de modernización. La propia dinámica capitalista universalizándose está lejos de generar una igualación progresiva de las condiciones de valorización a nivel global. Por el contrario, esta dinámica genera una brecha siempre renovada entre ganadores y perdedores, donde los Estados periféricos se insertan de manera sistemáticamente subordinada en el mercado mundial /1. Sintéticamente: el proceso de mundialización del capital, que lo subsume y homogeneiza todo bajo sus categorías sociales y por ende universaliza la contradicción capital-trabajo, es también un gitantesco proceso de segmentación del mercado mundial, que produce y reproduce nuevas brechas sociales y económicas entre el centro y la periferia.

Existen dos tesis clásicas en la teoría marxista que es importante discutir para comprender la dinámica del capitalismo mundial actual. Primero, la tesis clásica del imperialismo según la cual, en la fase avanzada del capitalismo, la ley del valor dejaría de operar a causa de la creación de grandes monopolios. En este marco, la depredación directamente militar y política de los Estados imperialistas reemplazaría la competencia entre capitales y la explotación económica (no fundada en la violencia inmediata) del trabajo. Frente a esta tesis, parece que hoy la ley del valor (y la explotación del trabajo por medios fundamentalmente económicos antes que por la coacción directa) opera de manera, si no plena, sí al menos radicalmente dominante. En un mundo donde no quedan territorios precapitalistas por colonizar, asistimos a una mundialización de la lógica del capital. No se da, por ende, un reemplazo de la acumulación por una lógica de dominación político-militar, sino una nueva articulación entre Estados y capital, mediada por las diferenciaciones geográficas de la acumulación. En segundo lugar, es importante debatir con ciertas tesis dependentistas según las cuales sería imposible un desarrollo capitalista en la periferia. Los ejemplos del sudeste asiático, Brasil, India, China o Sudáfrica desmienten empíricamente esta tesis. Las economías periféricas han probado no estar “condenadas” a la exportación de materias primas: por el contrario, pueden desplegar un importante desarrollo capitalista, incluyendo la generación de industrias orientadas a la exportación que son, dentro de ciertos límites, internacionalmente competitivas. Es preciso, por lo tanto, comprender las peculiaridades de la periferia a partir de otro tipo de fundamentación teórica.

La subordinación y subalternización de los países periféricos en el mercado mundial hoy se explica, en este aspecto, por la dinámica de conjunto de la lucha de clases a nivel global y por las estrategias del capital para, a partir del aprovechamiento de las diferencias geográficas, jurídicas y tecnológicas entre Estados nacionales, imponer una avanzada general contra la clase trabajadora. Las desigualdades nacionales entre centro y periferia son por lo tanto una función de la lucha de clases a escala mundial, donde la productividad del trabajo y la disponibilidad de mano de obra calificada (por ende, la creación de mayor valor agregado) es determinante. La brecha entre el centro y la periferia puede expresarse esquemáticamente por la diferencia entre dos formas de explotación: una basada en la elevada productividad del trabajo, la mayor capacidad para producir plusvalía extraordinaria a partir de la incorporación tecnológica y el recurso a mano de obra calificada (en el centro); otra basada en la baja productividad del trabajo, la presencia de estructuras productivas tecnológicamente más débiles y el empleo de mano de obra menos calificada (en la periferia). Esta diferencia implica, fundamentalmente, que en los países del centro existen márgenes para coordinar la acumulación de capital con el mantenimiento de mayores niveles de consumo obrero (en virtud de los incrementos de productividad y su “reparto” entre el aumento de la tasa de plusvalía y el del salario real), mientras que en la periferia la acumulación opera con niveles de productividad menores y se funda en la degradación relativa de las condiciones de vida de la clase trabajadora y la imposición de formas de salarización y protección sindical significativamente inferiores.

A nivel mundial, el capital social total termina aprovechando las diferencias geográficas (en un proceso que es jalonado por intereses particulares y no concertado conscientemente) para imponerse de conjunto a la clase trabajadora. En el centro global, las prácticas de off-shoring y la implantación de filiales en territorios donde el movimiento obrero es más débil presionan a la baja sobre los salarios y debilitan las posibilidades de lucha obrera. En la periferia, la aceptación de condiciones de explotación degradadas aparece como condición para la llegada de inversiones y el despegue económico. Así, la generación de diferencias cada vez mayores entre el centro y la periferia aparece como un producto de la lucha de clases en su dinámica internacional (dinámica que no se da directamente en forma internacional sino que está mediada por el funcionamiento de la lucha de clases en los espacios nacionales sometidos al mercado mundial).

Finalmente, en relación con estas condiciones geográficamente diferenciadas de la acumulación, los Estados del centro gozan de mayor poder económico, político y militar, operando globalmente (en especial, Estados Unidos) como propulsores y garantes de las condiciones políticas, jurídicas y militares para reproducción y profundización del capitalismo mundial (y sus segmentaciones globales). Puede hablarse de un tipo de imperialismo contemporáneo donde el centro global refuerza (a partir de su superioridad militar y política) un contexto que es sistemáticamente desfavorable a la periferia, al tiempo que garantiza la explotación mundial de la clase trabajadora. No se trata tanto de que la violencia política directa reemplace a la lógica del capital, sino de que opera como su refuerzo y garante a nivel global. Las élites empresarias y gubernamentales periféricas, por su parte, tienden a favorecer la implantación de condiciones de sobre-explotación de la fuerza de trabajo (en relación a los estándares del centro) en sus propios territorios, en la medida en que ello les permite propulsar el “desarrollo” económico en sus espacios nacionales. A menudo los Estados dependientes se alían con las potencias capitalistas para favorecer la llegada de inversiones y la instalación de grandes transnacionales, funcionando como verdaderas puntas de lanza de la dominación capitalista global. De este modo, se gestan las condiciones para el usual activismo pro-capitalista de los Estados periféricos y sus equipos dirigenciales.

Ahora bien, también existe un segundo eje de particularización y diferenciación de las realidades latinoamericanas del que es preciso dar cuenta. El abigarramiento se relaciona con la coexistencia de realidades sociales heterogéneas en un mismo espacio estatal. Este aspecto se refiere a la simultaneidad de procesos históricos desplegados por el capital con la vigencia de realidades sociales subalternas que son irreductibles a la lógica capitalista y sus contradicciones generadas inmanentemente. En Latinoamérica asistimos a una serie de procesos sociales y culturales que participan de manera heteróclita en la modernidad del capital. Este eje de análisis se refiere a peculiaridades regionales que no son necesariamente producto del despliegue del capitalismo y su lógica de totalización y fragmentación simultáneas, sino a la articulación de la modernidad capitalistas con realidades históricas no-modernas en su origen histórico. En la mayoría de las sociedades latinoamericanas se yuxtaponen formaciones culturales y trazos de modos de producción diferentes. Persisten, en particular, formas comunitarias de sociabilidad que no fueron siempre disueltas por la implantación y desarrollo del capitalismo. Estas persistencias comunitarias o subalternas marcan una hibridación de formas históricas modernas y no modernas en la región. Nuevamente, es preciso no leer en clave historicista o de progreso tales realidades sociales: las formas de sociabilidad subalterna no son meros resabios de un pasado precapitalista en tren de desaparecer. Se trata, en cambio, de formas de heterogeneidad y complejidad interna de los capitalismos latinoamericanos, que articulan muchas veces de manera inestable las contradicciones generadas por la dinámica del capital y las tensiones sociales (no dialécticas en sentido estricto, no gestadas de modo inmanente) que surgen del carácter abigarrado de nuestras sociedades. Los sectores subalternos, que aparecen a la mirada desarrollista como meros resabios premodernos condenados a desaparecer, son por el contrario grandes protagonistas de resistencias al capitalismo y todo proyecto socialista debe dialogar afirmativamente con sus inquietudes, proyectos y necesidades. En particular, la lucha por la autodeterminación de los pueblos originarios es un elemento importante de la estrategia socialista en la región. Es preciso, entonces, entender este carácter abigarrado de Latinoamérica, donde (con variaciones nacionales, claro) aparecen fuentes de conflicto social que no siempre surgen de la dinámica inmanente del capital, sino del encuentro entre la lógica capitalista y realidades sociales subalternas, comunitarias, indígenas, de diferentes tipos, que descoyuntan toda mirada demasiado homogéna sobre la región.

En síntesis, existen características generales y específicas de los Estados periféricos en la región, que es preciso comprender para adecuar el análisis de la realidad y la formulación de la estrategia socialista. Sin embargo, es indispensable evitar caer en las mitologías del exotismo periférico y el esencialismo subalterno. Las particularidades estructurales de las sociedades latinoamericanas son, por un lado, producto de las tendencias contradictorias que el capital pone en funcionamiento, y por el otro resultan del carácter heterogéneo, abigarrado y complejo de las modernidades periféricas. Es preciso comprender tanto la dialéctica de homogeneización y fragmentación del mercado mundial en el capitalismo completamente globalizado, como las resistencias genuinas de los sectores subalternos ante la expansión del capital. Los Estados periféricos operan con estructuras productivas débiles que suponen que la acumulación se descargue sobre la sobre-explotación de la fuerza de trabajo, en un contexto donde las élites locales, allende sus roces coyunturales con el imperialismo, fomentan la profundización de las relaciones capitalistas.

La división centro-periferia en la economía mundial se articula, en particular en el primer eje de análisis, con el antagonismo de clases y la dinámica de explotación del trabajo a nivel global. Los Estados periféricos son peculiares frente a los del centro, pero ello se debe a su lugar en el mercado mundial antes que a una radical ajenidad a las categorías sociales capitalistas o modernas. Lo que aparece superficialmente como el “atraso” crónico de la periferia no es producto de un déficit de modernización sino de la imposibilidad de desarrollar formas de acumulación fundadas en una alta productividad del trabajo, en un contexto donde las diferencias tecnológicas y sociales con el centro no cesan de reproducirse.

De lo anterior se deduce una gran consecuencia práctica: la inviabilidad de toda alianza de clases con la burguesía nacional para el desarrollo de una estrategia, no ya socialista, sino siquiera consecuentemente anti-imperialista. Las dificultades crónicas que acompasan el despegue técnico y económico en la periferia (y su mayor susceptibilidad a ciclos de expansión y crisis del capital) reposan sobre la incapacidad para cimentar estructuras productivas fundadas en la alta productividad del trabajo, la generación e incorporación de tecnologías y la plusvalía relativa. La segmentación global entre centro y periferia, por ende, no es previa a ni independiente de la lucha de clases, sino que está constituida de cabo a rabo por ésta. En este marco, la hipótesis de una alianza estable con la burguesía vernácula como condición necesaria para el desarrollo de la economía nacional se muestra quimérica una vez que comprendemos la naturaleza internacionalizada del capitalismo periférico. Los diversos Estados operan normalmente como defensores de los intereses de las empresas transnacionales cuyas casas matrices están radicadas en sus territorios, lo cual a menudo genera la imagen de una “lucha entre naciones” donde Estado y capital nacional son aliados contra las fuerzas foráneas. Esta imagen, sin embargo, se ve desmentida por el análisis. En el marco de la economía transnacionalizada, las diferencias entre centro y periferia son dinámicas y se reconfiguran a partir del proceso histórico, pero no pueden ser eliminadas por la acción voluntarista del Estado en los marcos del capitalismo. Los Estados, subordinados a la lógica de la acumulación a nivel global, no son capaces (al menos, dentro del capitalismo) de controlar políticamente el movimiento económico. Esta enunciación, que vale para todo Estado capitalista, se agudiza particularmente en las condiciones de valorización de la periferia. La expansión económica, ligada a la profundización de las tendencias operantes en el mercado mundial, aparece para estos Estados como una condición de posibilidad de su propia viabilidad económica (necesaria a su vez la legitimación de sus políticas), lo que los encierra en un círculo de reproducción a largo plazo de la brecha centro-periferia. Obturar de modo perdurable la acumulación resulta inviable para los Estados nacionales capitalistas. A la vez, las burguesías “nacionales” periféricas tienen más intereses en común con la clase dominante internacionalizada que con la clase trabajadora de la propia periferia. La clase dominante local participa de los beneficios de la división internacional del trabajo y de las fragmentaciones producidas por el mercado mundial. Es, por lo tanto, imposible a largo plazo (allende situaciones puntuales) que enfrente de manera sistemática al imperialismo y las burguesías foráneas. Antes bien, sus intereses históricos le exigen aliarse con esos sectores para propulsar ya la acumulación en el contexto local, ya la salida de sus propios beneficios al exterior. Luego, la alianza de clases con la burguesía periférica no sólo bloquea cualquier estrategia socialista, sino también la prosecución de un anti-imperialismo consecuente.

De lo anterior se sigue fundamentalmente que las perspectivas de “desarrollo nacional” (o regional) independiente, son quiméricas. No existen las fuerzas sociales y económicas que pudieran darles cauce. Por el contrario, la tendencia es que el desarrollo capitalista periférico (incluso con sus instancias de despegue económico) debe reproducir la dinámica del mercado mundial, profundizando sus tendencias contradictorias a la homogeneización y fragmentación globales. Esta situación, que explica la inviabilidad histórica de la “independencia económica” nacional en marcos capitalistas, tiene a su vez consecuencias para la estrategia socialista, que abordaré en un apartado posterior.

Capitalismo y racismo

Para profundizar en el planteo en torno a la necesidad de una izquierda latinoamericana es preciso comprender la construcción blanca del capitalismo. El análisis social crítico desconfía de las apariencias igualitaristas de la sociedad burguesa, mostrando cómo éstas esconden formas de desigualdad sistemáticas y particularmente violentas. Marx desplegó la desconfianza ante la falsa igualdad entre particulares en la esfera de la circulación, mostrando que esa igualdad no es sino la forma de existencia de la desigualdad de clase, la dominación y la explotación. La forma moderna de extracción de excedente, en efecto, no se funda en la coacción directamente ejercida por la clase dominante, sino que está articulada con la libertad e igualdad de que gozan los particulares en el mercado. Burgueses y proletarios son formalmente libres e iguales ante la ley. La libertad e igualdad, sin embargo, posibilitan la dominación de clase y la explotación. Así, puede fundarse una crítica inmanente de la desigualdad burguesa, mostrando cómo la igualdad capitalista está debajo de su propia vara moral, histórica y política, en cuanto opera como forma de existencia de la dominación.

Años después de Marx, el feminismo avanzó en el cuestionamiento de la desigualdad de géneros y, una vez más, reveló que la igualdad y la libertad burguesas han sido fundamentalmente la mascarada de un tipo de privilegio, en este caso masculino. Las feministas nos mostraron que la dominación patriarcal no es un mero resabio feudal, un remanente de formas de opresión precapitalistas que la modernidad del capital vendría a desterrar. En cambio, nos enseñaron que el capital se asocia a formas sui generis de dominación masculina, donde las cualidades psíquicas y subjetivas del trabajo creador de valor (eficacia, disposición a la competencia, racionalidad calculadora, disposición a hacer violencia al propio cuerpo) son vinculadas a la construcción de una figura dominante de la masculinidad. La concepción hegemónica de la mujer y lo femenino, correlativamente, es construida a partir de las características subjetivas ligadas a la reproducción y la esfera de los cuidados. Así, se mostró que a la opresión de clase, el capitalismo sumaba una peculiar opresión de género.

Hoy, lxs marxistas latinoamericanxs debemos efectuar un giro similar al que nos marcan las feministas para dar cuenta de la vinculación entre la cuestión racial y el capitalismo. El racismo que impera en las sociedades contemporáneas no es un mero residuo de lógicas precapitalistas en tren de ser desmanteladas por la modernización. Por el contrario, se trata de un tipo de racismo específicamente moderno, gestado en el seno de las categorías sociales capitalistas y su desarrollo. El capitalismo se constituyó, desde sus orígenes, ligado a la expansión colonial europea. Desde las minas de oro y plata americanas hasta las colonias inglesas en la India, la historia del capitalismo ha sido la historia de la violencia de las potencias centrales sobre sus periferias. En este movimiento histórico de largo aliento, se construyó una asociación sistemática entre la blanquitud y la pertenencia a grupos sociales dominantes en la sociedad burguesa. La blanquitud, a lo largo de los procesos de consolidación civilizatoria del capitalismo vinculados directamente a la expansión europea, acabó por constituirse como la marca racial del capitalismo. Como dice Bolívar Echeverría: “podemos llamar blanquitud a la visibilidad de la identidad ética capitalista en tanto que ésta sobredeterminada por la blancura racial” /2. La blanquitud, como cualidad asociada laxamente a la blancura racial, se vincula a las cualidades subjetivas necesarias para garantizar la docilidad de un individuo concreto a los imperativos de la valorización. Un individuo es “moderno” en la medida en que ha interiorizado subjetivamente los imperativos de conducta ligadas a la valorización, esto es, la funcionalidad “respecto de la producción de riqueza como un proceso de acumulación de capital” /3. La subjetividad dócil al capital, productivista, disciplinada y orientada espontáneamente (sin necesidad de coerciones externas continuas) al rendimiento y la maximización de la eficacia (y por ende de la ganancia), como tipo de subjetividad dominante en la sociedad moderna, se ha asociado históricamente a las características raciales de los europeos del norte, esto es, a la blancura racial.

Europa, en su proceso de conquista global que expandió el capitalismo al mundo, construyó una imagen de la blanquitud centrada en los rasgos de la subjetividad dominadora y adecuada a las exigencias que la acumulación impone sobre los cuerpos. El capitalismo produjo históricamente, por lo tanto, un tipo de racismo propio, ligado a la conversión de los cuerpos en instrumentos de la valorización. Asimismo, el imperialismo de los centros capitalistas fue una y otra vez legitimado en nombre de la supuesta inferioridad civilizatoria de los pueblos y culturas colonizadas. La construcción de la negritud (en un sentido amplio que incluye a lxs pobladorxs originarixs de América y también a lxs mestizxs) se desarrolló, en ese marco, por oposición a la imagen dominante de la blanquitud. Lo negro se asoció entonces a la indisciplina, la incapacidad para el trabajo creador de valor, la ineptitud para el rendimiento e incluso para la irracionalidad.

En síntesis, el capitalismo se desplegó históricamente de la mano de una forma de racismo donde se asociaron los caracteres blancos con las cualidades subjetivas dominantes ligadas a la valorización. En este proceso, la blancura racial ofició como soporte de un racismo más laxo (no estrictamente étnico) vinculado a la dominación cultural europea, que se propagó de la mano del desarrollo del capitalismo y su enorme movimiento subordinación de los cuerpos, la naturaleza y las subjetividades a las exigencias de la reproducción ampliada del valor. En la medida en que este racismo es laxo, puede flexibilizar sus contornos e incluso devenir concesivo con los sectores sociales subalternizados por la expansión capitalista. Esto no necesariamente altera, sin embargo, los presupuestos del racismo moderno, que sirvió y sirve de justificación del colonialismo europeo y de la subordinación de los sectores sociales englobados ampliamente en la negritud.

La configuración social y política latinoamericana, en sus diversas y complejas realidades, es resultado de ese proceso de expansión civilizatoria del capital que está ligado históricamente a la dominación blanca. No es posible comprender las realidades latinoamericanas, aun con su diversidad, sin analizar cómo las poblaciones indígenas, lxs mestizxs y lxs afrodescendientes fueron subalternizados por el conquistador blanco, y luego devinieron masivamente proletarixs con la difusión del modo de producción capitalista. La interseccionalidad entre clase y raza oprimidas no es meramente contingente en el subcontinente sino que se vincula con esta asociación históricamente consolidada entre la negritud y la condición proletaria. Lxs proletarixs latinoamericanxs son, no sólo en su mayoría estadística, sino en virtud de la construcción dominante de las identidades raciales, proletarixs negrxs y mestizxs. Esto significa que es imposible interpelar y organizar a la clase trabajadora en la región sin dialogar con estas condiciones de negritud y mestizaje construidas históricamente, en las que se sedimentan todas las cargas de estigma y subalternización traídas por siglos de conquista europea primero y subsunción capitalista después. La lucha de clases en la región debe ser anti-racista, so pena de no comprender la composición real de las identidades obreras. De modo análogo, frente al anti-racismo liberal que descansa ingenuamente en las posibilidades de la ampliación de derechos en el marco del capitalismo, es preciso construir una crítica de la opresión racial en la modernidad que dé cuenta de su vínculo sistemático con la economía del plusvalor. En efecto, el capitalismo moderno se construyó sobre la base de la subordinación de las identidades negras en sentido amplio. Si bien esa subordinación no se deriva mecánicamente de la lógica del capital, tampoco se construyó con independencia de ella (el racismo moderno no es un residuo precapitalista sino que fue generado activamente por el capital). Por ende, existe un nudo histórico significativo entre capitalismo y racismo, que explica por qué la opresión racial persiste a pesar de los avances en las agendas de reconocimiento de derechos civiles.

La izquierda latinoamericana, en particular la marxista, debe comprender el nexo histórico entre capitalismo y dominación blanca para dar cuenta de la forma como se han consolidado las identidades populares (pero también las subjetividades dominantes) regionales. Sólo de esa manera será posible construir una estrategia socialista que interpele efectivamente a la clase trabajadora y sus identidades construidas, dando cuenta de las opresiones heredadas, las líneas de antagonismo y las posibilidades de construcción hegemónica.

Identidades populares y estrategia socialista

Partimos de un principio general en la lucha anticapitalista: el socialismo no es un ideal a implantar desde afuera y arriba sobre una realidad inerte, sino que debe relacionarse con dinámicas sociales abiertas que expliquen al menos su posibilidad histórica, en particular con las luchas siempre-ya puestas en marcha de los sectores subalternos. Esto significa que la estrategia socialista permanece extemporánea sin una clarificación de las tendencias vivas y actuantes en la propia sociedad burguesa que podrían encaminar su realización. De este principio se deduce la necesidad de articular la política anticapitalista con las convicciones, identidades y valores preexistentes en la clase trabajadora y los sectores populares. Solamente cuando organice bajo su dirección las aspiraciones sentidas del movimiento popular efectivo, podrá la política socialista apoderarse de la dinámica real de la sociedad. Esto nos lleva a diferenciar el carácter de vanguardia de toda política emancipatoria, del vanguardismo mal entendido que cree que desde capillas elitistas y reductos auto-proclamatorios sería posible dirigir a la clase trabajadora sin un proceso serio, arraigado y sistemático de interacción honesta y genuina con sus identidades, sus tradiciones y su cultura. La clase trabajadora no es una materia exánime a la que lxs socialistas podamos dotar de forma de modo unilateral. Por el contrario, posee un reservorio propio de conviciones, valores y creencias, que no es posible reconfigurar de manera externa. Por lo tanto, las aspiraciones socialistas deben formularse en cada contexto de modo que aparezcan propulsando, radicalizando y subvirtiendo (pero nunca impugnando sin más) los elementos más progresivos, los elementos potencialmente emancipadores, de la cultura obrera y popular efectivamente existente.

La necesidad de arraigar la política socialista en las particularidades culturales de la vida obrera y popular plantea interrogantes para la cuestión latinoamericana ¿Hay una identidad popular latinoamericana? En un comienzo, parece que la respuesta debe ser negativa. Así como no hay una realidad latinoamericana definible de forma esencialista, tampoco existe una única identidad popular o subalterna en toda la región. Nuevamente, es preciso evitar el esencialismo y el exotismo. La idea de “un” pueblo latinoamericano que se daría a sí mismo sus formas de vida y su cultura es una ficción probablemente más ligada a visiones conservadoras que transformadoras. Primero, porque desconoce la pluralidad y heterogeneidad interna de las identidades populares. Segundo, esta visión desconoce cuánto encierran de opresión las identidades populares efectivamente constituidas. En la cultura popular se sedimentan resistencias, luchas y conflictos, pero también milenios de opresión interiorizada. Es preciso evitar el mal vanguardismo que quiere impostar desde afuera, por encima del movimiento efectivo de la realidad, aspiraciones arbitrarias, pero es igualmente peligroso, en nombre de la concreción política o del enraizamiento plebeyo, desterrar todo gesto de vanguardia. El anti-vanguardismo sistemático es sin más una ideología conservadora, que absolutiza algunos rasgos devenidos de la cultura popular y los postula como inmodificables. En el fondo, este anti-vanguardismo tiene mala conciencia, porque no representa la espontaneidad popular sino la espontaneidad de algunas élites que se imaginan más legítimas que otras para la tarea de la dirección.

El esencialismo nacional o telúrico se ha vuelto impracticable porque asistimos a una época donde las identidades obreras, populares y subalternas son, si bien con límites, relativamente plurales y post-tradicionales. Encontramos un ejemplo de esto con el peronismo en Argentina. Existe un viejo lugar común según el cual la identidad peronista sería el cordón sanitario que separa a la izquierda radical del movimiento obrero. Esta última, por el carácter “europeo” de sus conceptos políticos, no podría dialogar efectivamente con el sentido común popular. Sin embargo, las identidades actuales aparecen más fragmentarias, complejas y ricas de lo que sugiere la narrativa (acaso correcta en los años 50 o 60) de un peronismo eterno como ideología obrera nacional. En efecto, las contra-culturas juveniles o musicales, los clubes de fútbol o las pertenencias religiosas parecen tener un calado mayor en la cultura espontánea del movimiento popular que la vieja devoción a Evita. En suma, la necesidad estratégica de compenetrarse con el sentido común popular sin renunciar la aspiración vanguardista a la dirección y la representación políticas, supone evitar tanto las malinterpretaciones del vanguardismo estéril, como la hipóstasis conservadora de absolutiza una imagen construida de las identidades populares, inmovilizando el carácter activo, dinámico y creativo de la acción y la dirección políticas.

En relación con lo anterior, aparece una segunda pregunta habitual en la izquierda latinoamericana: ¿es el nacionalismo una fuerza potencialmente revolucionaria? ¿Es posible dinamizar energías movilizadas por reclamos o demandas de carácter nacional, en un sentido emancipatorio? Sostendré que sí, aunque, nuevamente, dentro de ciertos límites. La potencia y los límites del nacionalismo de izquierdas pueden comprenderse a partir de la contradicción entre capitalismo y democracia.

La sociedad capitalista ha instituido por doquier el ideario democrático. La dominación de la burguesía no se realiza mediante la coerción directa sino a través de un sistema de coacciones impersonales, esto es, a través del intercambio de equivalentes en el mercado. Luego, se trata de una paradójica dominación mediante la libertad y la igualdad, donde la clase explotada y la explotadora no están vinculadas por lazos de dependencia personal directa sino que aparecen como partes contratantes libres e iguales. Lxs trabajadorxs modernos, por lo tanto, se ven atravesados por una socialización dual. Por un lado, son individuos libres e iguales en la esfera de la circulación; por el otro, son proletarixs sometidxs al comando del capital. La sociedad capitalista, que por doquier proclama la democracia, la libertad y la igualdad, sin embargo niega todos esos principios tanto en la organización del proceso de trabajo (que es comandado verticalmente por el capital) como en la dinámica de conjunto de la producción, la distribución y el consumo, que –por el fetichismo de las relaciones mercantiles– se enfrenta a lxs particulalres como un cúmulo de necesidades ajenas e incontrolables. En condiciones capitalistas, la auto-valorización del capital y la explotación se imponen como metas alienadas de la vida social, coartando las posibilidades de auto-determinación individual y colectiva de lxs particulares reunidxs. Luego, la política como interrogación democrática sobre el sentido de la existencia colectiva se ve radicalmente coartada. Si el capital proclama (y, hasta cierto punto, instaura) por doquier la democracia, su tipo de democracia es extremadamente limitado, ya que se acaba tan pronto como entra en conflicto con la explotación y la acumulación. Hay un secuestro de la política por la lógica del capital, que torna a la democracia en sentido profundo (como deliberación colectiva sobre el destino de la vida en común) en un ideal emancipador (contra las visiones limitadas que buscan reducirla a un mero procedimiento o, pero aun, a una categoría adecuada para describir la realidad).

De lo anterior se sigue que hay una contradicción insuperable entre la reproducción del capitalismo y el ejercicio radical de la soberanía popular. Un pueblo sometido a los mandatos de la acumulación no puede ser radicalmente soberano. Esto explica que algunas rebeliones nacionalistas puedan asumir rasgos de impugnación parcial del capitalismo: en efecto, el reclamo de soberanía nacional puede trasuntar un rechazo a la valorización del valor como meta desembozada de la actividad económica y social. El reclamo de soberanía popular, que puede aparecer en cierto usos del nacionalismo, tiene connotaciones progresivas y la lucha socialista debe ser capaz de dialogar con él.

Existen, sin embargo, dos peligros centrales en el nacionalismo, con los que es preciso vérselas con seriedad. El primero, propio de los nacionalismos progresistas, es que pueden caer en toda clase de ilusiones estatistas o populistas. En efecto, el reclamo de soberanía popular, en una visión ingenua, puede resolverse en sentido del rechazo de los “excesos” de los mercados (o de cierto tipo de capital, como el financiero contra el industrial). Esta visión suele atribuir al Estado un poder del que realmente carece para controlar externamente la dinámica del capital (cuando Estado y capital, allende su autonomía relativa, guardan correlaciones estructurales significativas). En este caso, el nacionalismo es más iluso que positivamente peligroso: se trata de una fuerza progresista, que busca restituir la autonomía social comprendida de modo limitado o distorsionado como soberanía popular bajo el Estado capitalista. Con este tipo de nacional-reformismos es preciso mantener, desde el socialismo, un diálogo activo y crítico, que favorezca cierta permeabilidad ante sus ideas. En la medida en que la tarea de lxs socialistas revolucionarixs no es embestir de frente contra el sentido común, sino rearticular en sentido emancipador sus núcleos progresivos, el nacional-reformismo de aspiraciones anti-mercado puede ser una fuerza progresiva en ciertos contextos. Es preciso concebir al socialismo como la única política que puede realizar hasta el fondo las aspiraciones genuinas, emancipatorias y democráticas que subyacen a esta clase de nacionalismo (antes que como su impugnación radical). La genuina política socialista aspira a rearticular y superar (no a impugnar en bloque) las más dinámicas y liberadoras aspiraciones a la soberanía de los pueblos.

Evidentemente, la relación dialógica y de mutua permeabilidad (propia de toda política hegemónica) que propugnamos entre socialismo y nacionalismo, no es posible sin un momento de ruptura. Este inevitable momento de ruptura entre socialismo y nacionalismo progresista radica en que, para lxs socialistas, las aspiraciones a la democracia y autonomía social son viables no sólo más allá del capital, sino sólo poniendo en cuestión los límites de la nación. La experiencia histórica y el análisis teórico nos enseñan, en efecto, que el proyecto del socialismo en un solo país es inviable. A largo plazo, la lucha por la ampliación y radicalización de la democracia y en contra de los imperativos del capital, sólo puede realizarse a escala global. Las rupturas democráticas en marcos nacionales son indispensables, pero sólo podrán sostenerse si funcionan como jalones de la lucha de clases global y, por ende, como momentos nacionales hacia la reconstrucción del internacionalismo socialista y de clase. A largo plazo, las aspiraciones democráticas que subyacen en los reclamos de soberanía nacional sólo pueden cumplirse más allá de los límites de la nación, en la propulsión a fondo de la ruptura democrática a escala global.

En segundo término, es preciso prevenirse contra los usos más peligrosos del nacionalismo, ligados a la búsqueda de chivos expiatorios para las situaciones de opresión. En este caso, el nacionalismo ya no aparece como una fuerza progresista aunque programáticamente limitada o ingenua ante el significado y poderío globales del capital, sino como una fuerza social reaccionaria, peligrosa por sus implicancias sociales y por la dinámica política que puede desatar. El nacionalismo reaccionario busca descargar en un grupo social putativamente “minoritario”, identificado como ajeno a la comunidad nacional, las responsabilidades por los descalabros existenciales y sociales que caracterizan al movimiento del capital. El antisemitismo es la forma paradigmática de este tipo de nacionalismo, donde se atribuye a un colectivo particular, como lxs judíxs, una responsabilidad imaginaria por el control de la economía y, por ende, por el fracaso de la nación, la pobreza y las crisis. Otro caso similar se da con lxs inmigrantes, sospechadxs de responsabilidad por el desempleo de la clase obrera nacional. En estas formas de nacionalismo, las fuerzas más violentas de la derecha logran redirigir el rechazo de la clase trabajadora al orden de cosas establecido, contra un grupo social determinado Se trata de la movilización energías sociales revulsivas hacia la persecución xenófoba en lugar de hacia la impugnación del capitalismo como tal. Así, perversamente, se ofrece a lxs oprimidxs el “beneficio” de violentar a otrxs, al precio de aplazar indefinidamente su propia liberación. Estas formas de nacionalismo xenófobo muchas veces empalman con sentimientos anti-capitalistas difusos, que son redireccionados en un sentido de refuerzo sistémico. El nacionalismo, en estos casos, ya no aparece como una fuerza de aspiraciones liberadoras pero limitada en sus medios o su comprensión de la realidad, sino como una ideología activamente reaccionaria que es preciso combatir de manera activa y frontal.

Conclusión

En este breve ensayo intenté una discusión y apropiación marxista de la cuestión latinoamericana. Intenté clarificar en qué sentido la realidad regional es específica, recuperando el momento de verdad en la tesis según la cual hay una serie de particularidades relevantes en la constitución social y económica de los Estados periféricos, a condición de que no se la interprete en forma esencialista o exotista. Buena parte de las particularidades estructurales de Latinoamérica se explican por su inserción peculiar (y subalterna) en el mercado mundial, fundamentalmente por la generación y profundización de las diferencias tecnológicas y productivas centro-periferia. El capital, en su movimiento auto-expansivo, realiza un proceso contradictorio de totalización y fragmentación de las formas sociales. Este proceso se da también en el mercado mundial, donde el capital deviene global (subsumiéndolo todo a su lógica de valorización del valor) y a la vez regenera la segmentación entre Estados ganadores y perdedores. Este movimiento dual de homogeneización y fragmentación, que gesta las peculiaridades de la economía periférica, es en última instancia dinamizado por la lucha de clases mundial (que, evidentemente, no se da como tal en forma directa sino que se ve jalonada por sus coyunturas nacionales). Asimismo, las sociedades de la región aparecen como heteróclitas, complejas o abigarradas, esto es, como sociedades donde la dinámica moderna del capital coexiste con realidades subalternas que le son irreductibles. En este segundo aspecto, las condiciones regionales deben ser comprendidas en una especificidad que no es completamente explicable por la crítica de la economía política como teoría de las contradicciones dinámicas auto-generadas por el capitalismo. En cambio, se trata de instancias donde el capital se hibrida y articula con trazos de sociabilidad no puestos por él mismo, que tienen sus propias historias, trayectorias y prioridades.

A lo anterior se suma el elemento ideológico y cultural aportado por la construcción blanca del capitalismo. El capitalismo produce y refuerza la dominación blanca y la subalternización de negrxs, mestizxs e indixs. La modernidad del capital se fundó en la construcción de una concepción de la blanquitud ligada al trabajo creador de valor y a las cualidades subjetivas que éste exige, como la predisposición al rendimiento, la disciplina corporal y la racionalidad calculadora. Las identidades subalternas, todas ellas subsumidas por la visión dominante bajo un concepto amplio de la negritud, fueron asociadas a la irracionalidad, la indisciplina y la incapacidad para el auto-gobierno. Esto explica la interseccionalidad sistemática entre raza y clase en las periferias, en particular entre lxs obrerxs negrxs y mestizxs de nuestro subcontinente.

Las particularidades de los Estados periféricos, por su parte, se vinculan con la dinámica política y la contradicción entre capitalismo y democracia. Las demandas nacionalistas, en particular, pueden ser la forma de expresión (parcialmente distorsionada) de una aspiración popular a la soberanía y la auto-determinación colectiva, contra el fetichismo de las relaciones mercantiles y su secuestro de la política. Dentro de estos límites, el nacionalismo puede ser un elemento progresivo en la lucha contra el capital. Sin embargo, es preciso comprender que las aspiraciones democráticas que laten en los nacionalismos progresistas, no pueden realizarse en forma nacional, ya que el capital como lógica de dominación sólo puede ser contestado en términos internacionalistas. Las disputas nacionales pueden aportar a ese internacionalismo socialista en la medida en que se las conciba como un momento de la lucha democrática y anticapitalista, y no al revés.

Con estas clarificaciones, intenté ofrecer una discusión marxista sobre una serie de elementos (la especificidad latinoamericana, la cuestión racial, el potencial emancipador del nacionalismo) que se suelen solapar en forma confusa en la izquierda regional. Intenté sostener que, dentro de ciertos límites, el marxismo puede ofrecer las condiciones para construir una izquierda latinoamericana radicalmente democrática, socialista y emancipatoria.

Facundo Martín, militante de Democracia Socialista

——

[1] En estos áprrafos sigo laxamente a Rolando Astarita en Valor, mercado mundial y globalización, Buenos Aires, Ediciones Cooperativas, 2004.

[2] Bolívar Echeverría, Crítica de la modernidad capitalista (antología), Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia, La Paz, 2011, p. 149.

[3] Ídem, p. 146.

http://www.democraciasocialista.org/?p=6669

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