¡A la cárcel!

Pero no a la cárcel convencional sino a otra tal vez peor: la cárcel en casa, un hogar enrejado, eso es lo que se ve venir. Demasiado bien está el orden público en España para las cifras que aparecen a menudo como esos trece millones de personas en riesgo de pobreza o los que ya están en la pobreza extrema (más de un millón en Andalucía). “Un 28,6% de los españoles está en riesgo de pobreza y exclusión social. La renta media de los hogares se redujo un 0,2% hasta los 26.092 euros”, he leído en el diario El País.

El dinero de papá y mamá, la pensión de los abuelos, las pagas del Estado y las chapuzas funcionan todavía pero, ¿hasta cuándo? Todos nos hemos dado cuenta de cómo se han incrementado en los últimos años el número de anuncios sobre alarmas contra los cacos, unas alarmas cada vez más perfeccionadas que avisan antes de que llegue el ladrón, algo que induce al pánico por aquello de que pueden pagar justos por pecadores. Las cámaras de vigilancia y los guardas se han multiplicado, aspecto que no ha pasado desapercibido a algunos estudiosos como Armand Mattelart quien en 2009 publicó Un mundo vigilado y en 2015 De Orwell al cibercontrol.

El poder siempre ha vigilado a sus súbditos pero ahora se ve en la obligación de incrementar esta actividad con un grado de sofisticación mucho mayor porque entre la gente circulan las nuevas tecnologías y porque la codicia está matando algo tan necesario e imparable como la globalización. De todas formas, la tecnología es a la vez libertad y esclavitud, libertad porque permite abrir horizontes comunicativos, esclavitud porque un teléfono inteligente o una tarjeta de compra, van dejando unas huellas que delatan donde se encuentra el ciudadano en cada momento del día.

Todo podría comprenderse si sólo fuera el terrorismo su origen, lo malo es que hay otro terrorismo que está originando el fenómeno y que no pocos terrorismos, llamémosles clásicos, los hemos originado nosotros con una violencia que quienes la sufren no pueden narrarla porque carecen de una CNN. Así funcionan los humanos, desde luego, pero eso no conlleva que haya que resignarse.

En América Latina, desde hace decenios, millones de personas viven en sus cárceles domésticas. Los coches entre barrotes, los bebés y los niños controlados y bien sujetos por sus padres en los parques públicos, nada de salir de noche alegremente. A todo eso lo llaman vivir en democracia pero no, es un mundo enrejado y amurallado por unos dirigentes y unas elites enfermas y sin rivales de consideración.

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