El ejército multinacional del Califato

Armando B. Ginés

Rebelión

Los expertos en terrorismo internacional tienen una mina dorada en el fenómeno del Califato (llámelo, si así lo prefiere, Daesh, Isis o Estado Islámico). Hay tantos estudios como eruditos en la materia, pero ninguno hace florecer una tesis o verdad instrumental definitiva. Pasa lo mismo con los economistas, esos pitonisos endiosados de máxima cualificación técnica que jamás atinan con las causas ni prevén con tiempo suficiente las crisis ni tampoco dan con los remedios para una estabilidad u orden justo o equitativo a escala mundial.

En el caso que traemos a colación aquí, los combatientes extranjeros que engrosan las filas del ejército califal, los datos son especulativos y, a veces, contradictorios. Su dimensión, en muchos casos, es secreto de Estado y las cifras que se publican están sujetas a la manipulación de la propaganda oficial, tanto si tira por lo alto como si esconde la realidad para no asustar en demasía al ciudadano-masa de las democracias occidentales o similares.

Hay que dosificar la información en función de cada momento político, tensando el miedo o pacificando las emociones viscerales para mejor controlar la situación desde la azotea del poder. Se omiten tantos datos o informaciones relevantes como se filtran para crear estados de ánimo plásticos y cautivos que puedan ser movidos con sutileza por los intereses de los mercados y las elites globalizadas.

A pesar del pánico que provoca un atentado en suelo libre, desde el año 2000 las acciones del Califato se han cobrado más de 70.000 víctimas mortales, el 90 por ciento en territorios musulmanes. Por tanto, la inmensa mayoría de muertos son fieles del Islam.

Otro hecho muy importante que no suele abrir portadas en los medios de comunicación occidentales es la posible o presunta financiación del Califato. Se comenta en voz baja que sus fondos, además del millón de dólares diarios proveniente de la venta de petróleo, sale directamente de fondos reservados de Arabia Saudí, Catar, Kuwait y Emiratos Árabes Unidos, países todos ellos aliados de EE.UU. y la Unión Europea donde, usando un eufemismo blando muy en boga en la diplomacia internacional, los derechos humanos brillan por su ausencia, la misoginia es institucional y las relaciones laborales se rigen únicamente por el ordeno y mando empresarial.

Cabe deducir de lo expresado que el Califato está jugando, más allá de una complejidad de factores, un papel favorable al statu quo de las dictaduras opulentas del Golfo Pérsico. Esa inestabilidad política y militar, huelga reseñarlo, no permite desarrollar proyectos democráticos progresistas en ningún país árabe: todo es guerra y conflicto ideológico, de los que extraen pingües beneficios las castas instaladas en los poderes gubernativos y financieros sostenidos por Bruselas y Washington.

Otra teoría, nada descabellada, que sin embargo se silencia en los mass media occidentales es que detrás del Califato también se mueve la mano oscura de la OTAN contra sus adversarios y competidores de mayor peso económico, esto es, China y Rusia, obligados a jugar fuerte en el tablero del conflicto si quieren asegurarse influencia política para conseguir recursos energéticos en la zona devastada por la guerra. De esta manera, ambos colosos deben invertir esfuerzos extraordinarios e ingentes cantidades de medios financieros para no entregar sin menoscabo propio la zona a los tentáculos de las transnacionales occidentales.

La geopolítica tiene estas cosas: nada es lo que parece y lo que parece está elaborado con tintes parciales para desinformar convenientemente a la opinión pública. La guerra mediática es tan esencial como los bombardeos in situ en el propio escenario bélico. No se gana una sin la otra.

El idealizado mundo rico

Con todo, el fenómeno tiene vertientes muy dispares. No se agota en lo reflejado a vuelapluma.

Un aspecto menos analizado estriba en las motivaciones profundas y reales que han llevado a 30.000 combatientes extranjeros de 90 países diferentes a tomar fusil en el ejército califal. Proceden hasta de EE.UU., China, Francia, Australia y casi todos los países europeos.

¿Qué les mueve a esos hombres y mujeres jóvenes a realizar cientos o miles de kilómetros, arriesgar su vida contracorriente y meterse de hoz y coz en una guerra tan lejana y tan, en apariencia al menos, distante de sus idiosincrasias personales y sociales? Entramos de lleno en terreno resbaladizo y altamente especulativo.

Diversos estudios indican que el 15 por ciento no ostenta ninguna formación religiosa formal. El 70 por ciento sí ha tenido una experiencia con el Islam desde su infancia, pero solo un 30 por ciento se declara muy religioso. Es más, muchas de las personas que han respondido ok allá voy al llamamiento del Califato se manifiestan ateos o indiferentes al hecho religioso.

A pesar de que se ha extendido la teoría del lobo solitario e ignorante para definir al terrorista-tipo, tal posibilidad no ofrece una realidad convincente y debidamente contrastada. Muchos de los integrantes de Al Qaeda y el Califato son universitarios graduados en ramas científicas, como ingeniería, informática o estudios vinculados a la tecnología más sofisticada.

Ese perfil del lobo solitario o marginado, casi imbécil o idiota, bárbaro por su supuesta ínfima cultura, habría que desterrarlo de cuajo. La censura aplicada con extremo rigor en materia de seguridad contra el terrorismo no permite acceder a la aligera a información detallada procedente del Califato. Da la sensación más bien que el potencial soldado del ejército califal tiene recursos intelectuales suficientes para realizar una búsqueda precisa de la información que alimente sus ideales y su malestar con la civilización occidental.

Esta hipótesis, que algunos pensadores de relieve hacen suya, citemos como ejemplo a Philippe-Joseph Salazar y su libro Palabras armadas (Entender y combatir la propaganda terrorista), ponen en entredicho las verdades fundamentales y sacrosantas de las democracias de corte occidental, el mejor de los sistemas posibles en boca de sus portavoces más conspicuos.

¿Cómo es posible que un joven criado en la democracia parlamentaria, bien formado, opte por disparar contra sí mismo y sus privilegios capitalistas? Hacerse la pregunta ya es mucho porque disloca todo el imponente edificio ideológico levantado desde la Revolución Francesa en torno a los mitos de libertad, igualdad y fraternidad?

Desde el derrumbe de la Unión Soviética, el pensamiento único ha robado los ideales y las utopías políticas del mundo contemporáneo. No hay caminos a recorrer guiados por el impulso, ético o estético, de un mundo mejor. Los héroes deportivos llenan vacíos existenciales de modo precario: son ídolos de barro inútiles, improductivos, zafios y banales, cuando no estúpidos y vendidos a sus mentores o mecenas de turno. Algo parecido podría decirse de los iconos musicales más señeros o del sector de la imagen en general. Y los pocos intelectuales serios se hallan a la sombra del orden establecido, neutralizados en sus pensamientos melancólicos y en sus cátedras áureas.

No hay valores fuertes que puedan consumir creativamente las energías juveniles. Todo es pura rutina, consumo desenfrenado, presente sin porvenir, precariedad vital, repetición constante.

El Califato, más allá de las atrocidades cometidas (¿quién se acuerda ahora de los asesinatos por la libertad y la democracia perpetrados por el capitalismo occidental?), ofrece un ideal movilizador contra el infiel y el materialismo burdo, además de teatralizar una igualdad militar en el campo de batalla: todos son y viven como soldados de una causa universal e infinita. No importa la muerte de uno mismo, lo importante es empujar a la causa hacia la victoria final: todos son héroes trágicos de un idéntico destino.

Por muchas vallas, muros y alambradas electrificadas y presión policial que despleguemos, los ideales y el malestar subjetivo quedarán libres para expresarse de mil maneras distintas que irán, según idiosincrasias personales y caracteres individuales, desde la sublimación artística y el suicidio escapista a la violencia ideológica, política o militar.

Todos llevamos un ideal en nuestras profundidades psicológicas y culturales que desea salir a flote y expresarse sin traba alguna. Mientras haya héroes mediáticos y valores placebo que imitar, todo el ímpetu se irá diluyendo en la mera repetición de la sumisión tan bien mostrada por Nietzsche. Sin embargo, no todo es susceptible de sublimarse y transformarse en detritus freudiano. En ocasiones, ese duende heroico que nos musita imperiosamente haz algo por tu vida se convierte en una singularidad monstruosa que rompe con todo lo que le sale al paso.

Para mucha gente del mundo rico, ¿¡30.000 lobos solitarios y marginados!?, el Califato está siendo una oportunidad única y misteriosa. Todo no es materialismo ni pura racionalidad. Lo espiritual también nos concierne y nos contiene silenciosamente.

Luchar contra el mal es moral y loable. Si bien cabría preguntarse, ¿qué es el mal?, ¿dónde está?, ¿cómo se le reconoce a ciencia cierta?, ¿existe un mal absoluto?, ¿hay algún intérprete infalible para seguir sus dictados?

En nombre del Bien se ha cometido hazañas increíbles: las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, los genocidios conquistadores contra los pueblos indígenas en América, África, Asia y Oceanía, las guerras de Afganistán e Iraq, el destierro y asesinato de palestinos por parte de la democrática Israel… No es tan fácil distinguir el bien del mal. No caben respuestas contundentes a la ligera. Hay demasiados intereses en juego que difuminan y distorsionan una elección ética sin asomo de duda razonable. El imperio del mal está muy repartido. Y la solución no reside en proclamar la verdad del Bien desde mi perspectiva unilateral: mi verdad no es la verdad universal. Nunca lo ha sido.

https://www.rebelion.org/noticia.php?id=222265

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